Aptitud para la Ineptitud – Rafael Mitilo.-

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«La desunión engendra el odio, y el odio no puede vivir sino entre las sombras que forma la distancia. La enemistad es despechada y se aísla para aborrecer»

Cecilio Acosta.

 

 

 

 

Las vacaciones persiguen como único y principal fin, servir de esparcimiento a quienes las disfrutan. Es el premio que se da al esfuerzo ininterrumpido de estudio o trabajo y constituyen al mismo tiempo, motivo para el reencuentro entre familiares y amigos a los que no es frecuente visitar. Las vacaciones constituyen una de las últimas prácticas humanas que el presente nos depara.

 

 

 

Ahora bien, cuando el periodo vacacional -en cualquier parte del mundo- es colectivo, surge para el Estado, la altísima responsabilidad de desplegar todo un mecanismo de prevención, orientación, auxilio y represión para cada incidente surgido o factible con ocasión de la masiva movilización. Pero, es que al mismo tiempo, implica revisar sí la infraestructura turística y vial está en condiciones de prestar un servicio óptimo y seguro a los vacacionistas. Como se entenderá, esa revisión supone -como lógica consecuencia- sólo el aspecto de inspección ya que, la calidad de la infraestructura vial siempre, en todo momento debe cumplir con los parámetros de calidad que garanticen a los usuarios el desplazamiento feliz a través de las distintas arterias viales. No se trata de «operativos» sobre autopistas sin el debido rayado y señalización, o plagadas de huecos y maleza. Se trata es de que a lo largo de todo el año, todos los años el Estado, cumpla esa función constitucional, legal y humana sobre todo, de velar por el resguardo de la población cuando se moviliza por cualquier motivo, no sólo vacacional.

 

 

En Venezuela, padecemos una epidemia que tristemente empaña la naturaleza de toda actitud cívica o civilizada: no respetamos las leyes y menos aún, nos interesa hacerlo. El primer paso para encontrar soluciones a las crisis, es admitir que éstas existen. He allí nuestro dilema, para el ciudadano venezolano, la anarquía vial, administrativa, funcional y de ausencia de idoneidad en la prestación de servicios públicos, sencillamente, no existe. El venezolano, se habituó a la idea de que el Estado no funcione y, lo que es más grave desconoce que -a éste- la ley le obliga a mantener un nivel óptimo de Servicios Públicos. Eso es un Derecho Humano, recogido y garantizado en el sistema jurídico.

 

 

Supongamos por un instante que el Estado intenta dar cumplimiento al mandato legal de prestar a los ciudadanos la calidad que merecen en los Servicios Públicos (carreteras, autopistas, señalización, alumbrado, agua, gasolina, guías, etc.) y como resultado de imaginar aquello, hagamos igual ejercicio (de imaginación) colocando a los actuales usuarios. La experiencia dice que, por ejemplo, si ocurre un accidente vial, quienes se detienen, no lo hacen para auxiliar, sino para saquear y robar a las víctimas (con las excepciones de ley), que las autoridades no cuentan con unidades de transporte suficientes y en condiciones para socorrer en el tiempo debido, que nadie respeta los limites de velocidad, que se conduce en estado de ebriedad, que circulan vehículos en condiciones inadecuadas, que se transporta pasajeros en condición de exceso, que transitan niños en brazos de conductores y copilotos, que no existe rayado en vías de circulación nacional que oriente a los conductores, que no hay alumbrado eficiente en aquellos lugares donde debería haberlo, exceso de obstáculos sin justificación ni aviso (reguladores de velocidad como los denominan), que se desconoce la función del cambio de luces en horas nocturnas, que se ignora la prohibición de adelantar en curvas y subidas, que se arroja basura sin escrúpulo alguno a las cunetas, que los puentes están colapsados, que nadie usa el cinturón de seguridad, entre un sinnúmero más de «conductas» habituales del venezolano sobre las vías y que agravan la inoperancia del Estado.

Una cosa es que el Estado no funcione y, otra muy distinta es que nuestra actitud cotidiana sea cónsona con la del Estado. No es exculpar a quien tiene la obligación de ordenar lo material (infraestructura) y lo abstracto (hacer cumplir la ley). No. Es buscar explicación, a esa especie de complicidad colectiva surgida entre ciudadanía y Estado infuncional a la que hemos asimilado como un hecho natural. Asumir que la anarquía cotidiana es preferible a la rigurosidad de la ley, es condenarnos al caos, lo cual, en el presente no parece cosa grave, pero para las generaciones inmediatamente siguientes (hijos y nietos) significará subsistir en un mundo desprovisto de normas y afectos humanos. Será -en la práctica- el regreso a las cavernas, sólo que en ésta ocasión, las armas de defensa no son piedras ni palos.

 

Visto así, debe uno concluir como reflexión sin destino, ni efecto, que la raíz del problema no está en la calidad de gobierno que se tenga, sino en la calidad de ciudadano que lo elige. Un mundo mejor es posible sin huelgas, paros, insultos, trampas, ofensas, agresiones, etc., si sólo actuáramos con conciencia de respeto a las normas de convivencia. Las de tránsito, las urbanas, las de trato interpersonal, las de comunicación familiar, cívica y hasta con la Administración Pública. Esto significa que al adquirir conciencia de sociabilidad, comprenderé porqué razón es necesario contar con Servicios Públicos de calidad, y en todo caso, actuar con prudencia al transitar sobre los destartalados vestigios de la infraestructura vial, deportiva, educativa, etc. Pues, si a la ausencia de un Servicio Público cumpliendo su cometido, le añado mi propensión a la anarquía, con toda seguridad estaré reforzando las posibilidades del caos, del deterioro, del colapso. Sólo nuestra actitud determina la calidad de país que tenemos y, si el balance es negativo, será porque no somos una sociedad en el sentido estricto del término.

De manera pues, al analizar lo que representa para el usuario la fecha esperada de sus vacaciones, uno lo que observa, sin lugar a dudas, es un éxodo propio de aquellos lejanos desplazamientos que la televisión muestra, donde la gente huye de la guerra. Son movilizaciones signadas por la desorganización administrativa y la anarquía ciudadana. Niños en medio de colas agobiantes, precariedad de las vías, inseguridad personal, ausencia de estaciones de servicio en las distancias adecuadas, pésimo servicio de restaurantes (higiene cuestionable) en fin, ese patético cuadro, no proviene de la ineptitud del Estado, sino de la aptitud hacia la ineptitud con que nos acostumbramos a sobrevivir en sacrificio del futuro.

Cambiar y conquistar un país mejor, no será posible endosando nuestras esperanzas en el sufragio de ley. No. Nadie puede ofertar en una campaña la calidad de presente y futuro que deseo para mí y para los míos. Esa es una decisión interna, que tiene que ver con lo que considero, merezco y merecen los míos. Pero, nace con mi conducta de hoy, no la de mañana. Comenzar a ser mejores ciudadanos, no es cuestión de futuro, es estrictamente de presente y, es urgente, a menos que, sea ya parte de nuestra esencia, aptitud para la ineptitud.

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