A 40 años de su muerte, la voz de Pablo Neruda sigue retumbando para confesar la vida

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(Caracas, 23 de septiembre. Noticias24) –El francés Henri Bergson imaginó que en alguna parte de nuestro cerebro hay algo así como una válvula que filtra los recuerdos y nos permite conservar sólo los que valen la pena.

Tal vez por eso borramos de nuestra memoria observaciones inútiles como el grabado de un tenedor o los miles de rostros comunes que vemos en la calle. Pero sentimos culpa por algún pecado de la adolescencia u orgullo por alguna proeza personal.

Lo cierto es que recordar nos hace humanos y nos invita defender las virtudes de nuestra individualidad.

Entre los recuerdos buenos que me marcaron tengo la lectura de “Confieso que he vivido”, quizá porque me permitió acudir a la experiencia vital de un ser humano único como Pablo Neruda y porque en mi mente joven quise de alguna manera imitarlo en su grandeza.

El libro no era mío. En aquella época sólo me pertenecían una Biblia Reina-Valera 1960 y un ejemplar de “Cien años de Soledad” que luego le regalaría a una novia.

Pertenecía a mi compañero de cuarto, el periodista Moisés Estaba. Ni siquiera me lo prestó. Yo lo tomé de entre sus cosas y comencé a leerlo sin poder despegarme aunque él me gritaba “¡No leas mis libros!”.

En aquella época quien escribe trabajaba en un periódico de Barcelona y tenía la dicha de hablar de literatura e historia con Augusto Hernández Agüero. Recuerdo este diálogo:

-Señor Augusto, el otro día leí que Pablo Neruda vino a Venezuela y que la Seguridad Nacional no lo dejó bajarse del barco en el puerto de Guanta.
-Es verdad.
-Debe haber sido muy bueno conocerlo.
-Ah, yo lo conocí. Me subí en el barco, hablé con él. Le pregunté si quería algo y me dijo que nada. Luego le ofrecí los diarios del país y me dijo que eso sí. Fui se los busqué. Fue agradable.

Aquel fue uno de los momentos elementales de mi vida. El simple relato de mi amigo me hizo sentir grande, inmortal, cercano a la mejor parte de haber pisado la tierra de los seres vivos.

El relato de Augusto Hernández vino a complementar lo que había escrito el mismo Neruda en su libro: el poeta desde una ventanilla saludando con su boina a los obreros que se habían acercado al muelle para celebrar su presencia.

Hoy lo conmino a usted, lector, a que consiga ese libro que yo quiero volver a leer, “Confieso que he vivido”; porque resulta un complemento extraordinario para los veinte poemas de amor, para la canción desesperada, para la residencia en la tierra, para los cien sotenos, para la tentativa del hombre infinito y para entender lo que ocultaron las entrañas del siglo XX.

Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Mahatma Gandhi, Miguel Otero Silva, Salvador Allende, Gabriela Mistral, Ernesto Guevara, un minero chileno y una amante desesperada son apenas algunos de los personajes de reparto que fluctúan en esta historia verídica y comprobable sobre la vida del poeta más célebre que ha caminado entre los hombres.

Néstor Luis González

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