Desde el Megáfono: La Crisis del Deber / Rafael Mitilo

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«¿Quién es más feliz? Los animales por no saber nada o los hombres que ignoran que no saben?» – Sócrates.-

Arturo Uslar Pietri, cosa que sostienen aún los expertos, decía, que el universo está en expansión y, se dirige hacia un destino final incierto y desconocido. Esto significa, que todo era un punto único y explotó (Big-Ban) efecto de lo cual, se mantienen los cuerpos, como proyectiles gigantes, indetenibles en el curso de su trayectoria «balística».

Cuando analizamos, la sensación de holocausto que produce el saberse parte minúscula de un proyectil percutido, avanzando hacia el fin de su destino, encontramos explicación más o menos lógica, a la anarquía incontrolable que nos sacude, a la perniciosa violencia que nos aniquila. Se dirá que nada tiene que ver una cosa con la otra, y, simplemente alegamos que el problema, es de orden cultural. Todo en el universo está indefectiblemente entregado, nada existe al azar.

El hombre maneja al mundo con criterio fatalista y extintivo, es decir, «si ésto, igual se va a acabar de qué sirve la virtud» «gocemos!!». En primer lugar esto no se acaba por obra de un designio superior. Lo estamos acabando. Nos gusta hacernos daño, disfrutamos el fracaso ajeno. Fingimos la solidaridad en desgracia. No creemos en el afecto y desnaturalizamos el amor.

Somos fruto de una relación animal, a la que la razón ennoblece. Cuando escudriñamos en la expresión cotidiana de esta absurda realidad, nos trasladamos automáticamente a la tortuosa experiencia de tomar como muestra, un día cualquiera de nuestra existencia. Sin duda, es una secuencia de actos rutinarios, cuya conclusión -al caer la noche- no es otra, que la desagradable sensación de vida despreciada, tiempo consumido en desatino, relaciones huecas, desacierto comunicacional, en fin, capacidad de desuso, inteligencia que atrofia. Sentimos que la vida pasa en medio de la más cruenta condena a la improvisación, vivimos la era de la provisional.

Pareciera, que ante la certeza de un final predestinado, nadie se siente obligado a cumplir responsablemente con sus deberes y obligaciones.

Todo lo hacemos mal o a medias. Nada de lo que se nos encomienda sale bien, ésto, cuando es así nos asombra.

No es la idea del fin del mundo, lo que nos hace irresponsable. Esta conducta, encuentra refugio, en una exagerada inclinación hacia la «diversión», el trabajo, fue desplazado como principio y su lugar fue ocupado por la idea de «comodidad» y «descanso», la publicidad «satanizó» el trabajo vinculándolo al concepto de «explotación» y exhibió un ficticio mundo de placeres y caprichos. En la práctica, trabajo es sinónimo de injusticia, discriminación, estupidez. «Solo los tontos trabajan» parece decir nuestra conducta, y el desarrollo de nuestra praxis social lo evidencia estadísticamente. Sólo buscamos un salario, una silla desde donde -sentados- alguien nos pague. Pero, si grave es ésto, más aún lo es, el hecho innegable, de los constantes conflictos surgidos, con ocasión de la reiterada y casi permanente insatisfacción, entre quien solicita un servicio y el operador del mismo.

Me explico: es común en el taller, cualquier día de la semana, el mecánico «cerveza en mano», o el taxista «imperando» con el radio ensordecedor. El funcionario público desayunando en el escritorio a la vista del usuario. La irritabilidad con que nos tratamos en nuestras relaciones laborales. Resulta inoficioso, tratar el tema bajo el esquema de la crítica contra quienes así actuamos.

El origen de esta conducta, va más allá de nuestra conciencia. Somos víctimas de un proyecto publicitario, cuyo único fin es hacernos «adictos» a la «diversión», placer más que deber. Esto en la práctica es consumo. Caímos todos, es por ello, que la labor misma que realizamos, es sólo la excusa perfecta para la obtención del pago, la calidad no importa. Términos como «garantía», «seguridad», «honestidad», son la excepción.

Un vistazo hacia el campo laboral, no dice que éste lo copa, el vicio, el juego y el delito, sin contar la «política». El trabajo productivo está en vía de extinción, pero quienes aún lo ejercen entregan su fruto al juego o al vicio.

La vida sana, fue suplida por vida «alegre».

Está en problema una sociedad, que tenga en el delito, el juego y los vicios su principal fuente de trabajo.

No niego el derecho a la diversión, el esparcimiento, la recreación, pero -ésta- como el trabajo real, tiene su momento. Uno de nuestros principales problemas es que no sabemos de reglas, y eso, tiene que ver con el problema de fondo. Cambiar el curso de nuestro cauce está difícil, el Estado mismo está de hombres víctimas de estos criterios.

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No saben que no saben.

 

Créditos para: http://www.laprensadebarinas.com.ve/nueva/xxview.php?ArtID=178140 

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