Día: 25 octubre, 2013

SIBIOS: Vigilancia masiva en Argentina

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Venezuela / Cuando la calle es el Hogar / Rafael Mitilo

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«Pues siempre se tiene la misma sensación de que el orden establecido de las cosas ha sido derribado, de que la seguridad no existe ya, de que todo aquello que estaba protegido por las leyes de los hombres o de la naturaleza se encuentra a merced de una brutalidad inconsciente y feroz».

Guy de Maupassant.-

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Por: Rafael Mitilo.-

Si olvidar a su suerte a los viejos, es ruin y más que criminal, no sé entonces como calificar la indiferencia conque hemos asumido la, cada vez más numerosa, presencia de niños en la calle. Niños «infractores» como semánticamente les llama la Lopnna, por evitar la responsabilidad social de tener que utilizar la denominación real y correcta: delincuentes.

 

Esta -la nuestra- es una sociedad sin ningún tipo de compromiso social con nadie, especialmente con los niños a quienes explota, maltrata, veja y prostituye ante la mirada omisiva de los organismos con competencia para evitar y prevenir tales desmanes. No hay capacidad funcional efectiva, que mediante la planificación, ejecución y evalúo, extermine esa «tara» colectiva que significa la mendicidad infantil. Todo se queda en burocracia y estadísticas mediáticas, que lejos de atacar el problema, lo niega y minimiza. Mientras tanto, los índices de delincuencia juvenil avanzan de manera incontrolable. Lo único que se nos ocurre y, ni eso se ha hecho, es construir más cárceles. La organización social que nos rige, es contraria a la actitud solidaria, es un modelo de sociedad diseñado sólo para consumir productos y con ese consumo, incrementar los índices de la economía, tal cual como lo establecen las inalterables reglas de un mal llamado «capitalismo» viciado que prevalecen en éste, igualmente mal llamado ensayo de «socialismo». Porque a decir verdad, el planteamiento teórico de ambos sistemas, no incluye la responsabilidad social del colectivo, con miras a prevenir, evitar y auxiliar aquellos que, por una u otra razón, resulten desfavorecidos en la distribución de la riqueza. En otras palabras -en teoría- socialismo y capitalismo, cuando sincerizan en sus ejecutorias, no dejan de lado el valor de lo humano. Sólo que, en la práctica, ninguno de tales sistemas, ha logrado alcanzar vigencia plena. Por una parte, todo se reduce al control patológico del poder político y, por la otra, una aberrante práctica de mercado que sólo se ocupa de producir dinero a costa de la propia moral pública y del sacrificio de la esencia humana.

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Estas son las dos caras de una realidad, en medio de la cual queda indefensa y en aumento, una masa de niños cuyo «hogar» es la calle, con sus desgracias y perversiones. Ante ésto, no logramos definir qué camino tomar para frenar el deslave social que implica una generación completa de niños y adolescentes sin pan, techo y lo que es peor; familia ni educación. No hemos querido entender, que no sólo se trata de filantropía, sino más bien de instinto de preservación, pues esa generación de abandonados, se ha convertido en potenciales y mortíferas armas para el delito, lo que -como es lógico- significa el caos social y la degradación moral, sin mencionar el resultado trágico de su accionar.

No hay modo de seguir maquillando esa verdad sangrienta. Es inobjetable la realidad que -a diario- exhiben los titulares de prensa. Ante semejante atrocidad, guardamos silencio y, lo guardamos porque no estamos articulados humanamente para auxiliar, sino -económicamente- para repeler. Lo que se quiere dejar claro, es que la infancia callejera será cada vez más numerosa y violenta, en razón de que nuestro diseño social, nuestra estructura de vida, repele cualquier sentimiento de solidaridad efectiva y exige reducirse a la mera formalidad publicitaria. Nada de profundidad hay en tales planes, pues éstos están aislados en un mundo de frases y poses circunscritas a la estricta superficialidad. De lo que se trata es -según esta práctica- de «quedar bien» en el perfecto mundo de la ficción mediática, en la que ha devenido toda forma de compromiso social. Debo ser «generoso» y «desprendido» ante la mirada inexpresiva del ignorante consumidor.

 

Las alarmas se encendieron, y la sociedad desconoce la magnitud del caos que suma a dicha gravedad un elemento adicional. Sin embargo, que no pasa de titular de prensa, tema de conversación en reuniones frívolas, material para la burocracia, oportunidad para la expresión particular de «generosidad espontánea», es un mal que amenaza y de hecho ya lo está haciendo, con destruir los cimientos de la sociedad toda: la infancia abandonada es, además de evidencia de crueldad colectiva, «boomerang» calamitoso contra la sociedad. Esto no se resuelve con cárceles sino con educación. Pero para ello, todos los sectores que componen el conglomerado nacional, deben aportar unidos, el mejor de sus esfuerzos y los recursos necesarios. Como se sabe, esto no es posible, ya que cada quien anda cuidando lo que cree suyo, sin saber que lo que realmente hay que cuidar, para que cualquier otro bien cobre sentido, es la paz social y la seguridad colectiva. Lo cual, sólo es posible a través de la educación. Menos tribunales, más escuelas. Menos cárceles, más canchas. Más maestros, menos jueces. Son éstos los indicadores de una sociedad sana y enrumbada hacia el verdadero desarrollo. Sin justicia social, jamás habrá paz y sin educación, jamás habrá justicia social.

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Mientras tanto, seguiremos observando al abandono crecer junto con la delincuencia, los vicios y el crimen. Seguiremos filosofando acerca de la quimera utópica de una sociedad mejor. Aquella que tanta risa causa a quienes -padeciendo las consecuencias de ésta- dan por descartado cualquier posibilidad de rehumanización. ¿Quiénes son los abandonados?

 

[La Prensa de Barinas de Venezuela]

 

Créditos para: http://www.laprensadebarinas.com.ve/nueva/xxview.php?ArtID=179284