Día: 8 noviembre, 2013

Venezuela Opinión / ¿Nos gusta ser pobres? / Rafael Mitilo

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«Guardaos de ser como los borregos, que caminan por donde suelen y no por donde deben».

Anónimo.-

Se es pobre sólo en el pensamiento. Todo lo demás, el aspecto físico y moral de esa condición, es la evidencia de lo que pensamos. En otras palabras, los límites a la estabilidad emocional, o lo que es lo mismo, la estabilidad psicológica, nace exclusivamente de la actitud con que asumimos el hecho de la existencia. Ningún factor externo determina nuestras posibilidades de éxito, entendido éste, como la correcta satisfacción de nuestros proyectos, así como la adecuada adaptación a la realidad.

La historia de la humanidad, es al mismo tiempo, la historia de la virtud contra la bajeza, de la inteligencia contra la mediocridad, es en resumen, el registro meticuloso de una especie que ha emergido de las oscuras barracas del bestialismo, para ascender hasta la luz del raciocinio, sin más herramientas que su cerebro. La facultad de pensar, no tiene otro condicionamiento que aquel al que la peste de la ignorancia condene.

Dentro de este orden de ideas, se impone analizar qué factores influyen para que el conglomerado social, abandone sus potencialidades innatas y, se entregue a estructuras contra natura que le sumergen en la miseria y el vicio. Cuál es la causa real que absorbe el estímulo de pensar y amarra al individuo a depender de dádivas, salarios, burocracias, etc. Al respecto, es indispensable tener claro que, la cultura de la dependencia, es fruto de la dominación -psicológica y material- que dejaron atrapado al colectivo, en un cauce uniforme de rutina conductual. Nadie se atreve a pensar con independencia auténtica, pues, su actitud ante la masa, buscará siempre no contrariar al mudo criterio de la «mayoría», lo que se conoce como opinión pública.

En consecuencia, la claridad con que descifremos lo anterior, determina cada elemento constitutivo de la pobreza junto a su forma visible y física que es la miseria. Asombrosamente, las motivaciones que definen el estatus material del individuo, aquel que se conoce como «clase social», son idénticas en su matriz. Es decir, la riqueza material nace bajo los mismos criterios integradores, según los cuales nacen los de la pobreza material. En el primero, lo que impulsa a «tener», es el miedo a no tener y, en el segundo, el miedo, a tener, obstruye la voluntad individual contra la búsqueda de ese tener, pero ¿es el miedo en definitiva lo que determina la condición de rico o pobre? No. Lo que en realidad determina tal condición, es el nivel de voluntad material con que se interprete y ejerza la verdadera esencia humana. En otras palabras, lo cerca que instintivamente esté cada individuo de actuar bajo la comprensión del rol natural de la inteligencia lo que, es igual a estar identificado con los conceptos de bien y justicia.

El miedo, mide la reacción generada por la presión de lo social, es el termómetro indicador del grado de capacidad íntima para responder a las exigencias de un pensamiento unitario y rutinario, que determina, desde la forma de vestir, hasta la forma de elegir el curso de la vida individual. Esto es, nulidad de identidad propia.

Si el hombre pierde toda posibilidad de comunicarse entre sí, y -lo que es peor- consigo mismo, queda a merced de las inclemencias arrolladoras de un torrente fluvial que le aniquila en su esencia y le impone un curso preestablecido de comportamiento. Si su vitalidad natural es fuerte, temerá al no tener y buscará, aferrado el «hacer», que es voluntad, reacción. Pero, si es débil, temerá al tener e -inconscientemente- anulará todo acto de voluntad, de reacción, empujando su nula capacidad de responder, hacia los depósitos del abandono intelectual, lo que en otras palabras se traduce como resignación a lo que cree es su destino. Las razones de la pobreza no descansan en factores externos a la voluntad del individuo, éstos, están en la obstrucción automática de interés por competir. Es la renuncia a pensar y actuar conforme a las exigencias de la circunstancias. Es pobre en definitiva, aquel que se entrega a la corriente y decide «vivir» de lo que el azar determine.

Obvio, pero necesario, es admitir que aun cuando entre «pobreza» y «riqueza» existan diferencias formales, aquellas de fondo, las que no se ven, son idénticas y, tienen que ver directamente, con la personalidad íntima del implicado en la elección. Se es pobre, como consecuencia de una inconsciente, pero personal decisión. El rancho está en la cabeza.

La pobreza, erróneamente está asociada al abandono personal, lo cual, en la práctica se caracteriza por un modo de vivir antihigiénico e irresponsable en la actitud frente a los deberes y derechos que las leyes formales imponen. Pobreza e higiene nunca riñen, pobreza y respeto a la ley, nunca se contraponen. Lo que sí toca el terreno de la anarquía personal y ciudadana, es la condición mental de miseria, el habituarse a vivir en medio del desaseo y la inmundicia, la marginalidad y el pendencierismo.

De cualquier forma, debe quedar como conclusión que, la dinámica social ha estatuido diversas ficciones dirigidas a evitar que sus miembros caigan víctima de esa peste llamada pobreza y, una de esas ficciones es el Estado, el cual, pasa a formar parte del problema y no de la solución, ya que quienes ocupan provisionalmente sus distintas posiciones, están sumergidos en la línea de interpretación rutinaria del pensamiento. O lo que es lo mismo, sus objetivos consisten en mantener el orden de las cosas, sin alterar una coma del libreto. Así, la educación, que ha de cumplir una función liberadora, instructiva, formadora, queda reducida a mera formalidad burocrática redoblando (de esta forma) el embrutecimiento colectivo. Son síntomas universales de esta afirmación: el auge de la criminalidad, el incremento de los vicios, la insolencia, la vulgaridad, el aniquilamiento de la familia como célula, entre otras que tocan el fin de la organización social.

Cuando una sociedad genera entre sus miembros, el culto a la dádiva, al ocio, al vicio y desestimula la noción de familia, educación y trabajo como objetivos fundamentales será, con toda seguridad, una pobre sociedad, integrada por masas de hombres pobres.

A modo de conclusión, es preciso entender entonces, que la pobreza material, como la riqueza (también material) son elección de cada quien y que, el discurso proteccionista, aunado a la cultura de la dádiva, no hace más que regalar pescados y negar la existencia de la caña, quizás porque, cuando el hombre entienda que en el uso de la caña está la dignidad dejará -al mismo tiempo- de buscar riqueza y pobreza, para ejercer la existencia bajo los preceptos de la verdadera esencia humana.

 

[La Prensa de Barinas de Venezuela]

 

Créditos para: http://www.laprensadebarinas.com.ve/nueva/xxview.php?ArtID=180065