Diálogo Descartes – Castoriadis: cogito cartesiano versus filosofía de la creación

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Descartes – matemático, físico, filósofo (1596 – 1650) – nos enseñó esta paradójica verdad: dudar algo es confirmarlo. Y esto trescientos años antes de Freud (1856 – 1939).  Es lo que hizo cuando partiendo de la duda concluyó con su “pienso, luego existo”, el archi famoso cogito cartesiano. En su recorrido no solo demostró la existencia de Dios, sino que luego de negar al mundo lo recupera, para finalmente postular una filosofía que ofrecerá conocerlo con certeza. Puedo dudar todo, nos dice, menos que dudo y de que quien duda soy yo. La duda ocupará para Descartes el anclaje absoluto a que aspira toda filosofía de la determinidad.

 

Dran Vía @culturainquieta

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El gran filósofo racionalista creyó encontrar así el fundamento simultáneo de dios y la ciencia; y todo, además, articulando una teoría del conocimiento con psicología, cosmología y ontología. Como todo filósofo que se respete, diríamos hoy en día, cuando nadie se atrevería a tal cosa. Así, mientras destrona la significación medieval -que había sometido por diez siglos al hombre al imperio de lo divino-, expulsa de cuajo a la religión de los asuntos mundanos, atornilla al idealismo sobre nuevas bases y simultáneamente crea el método científico. Una verdadera labor épica. Mientras tanto, un nuevo concepto del tiempo cristaliza en el imaginario social, el infinito se mundaniza.

Su teoría del conocimiento es nada menos que aquella que funda el método científico: separación radical de un sujeto que conoce y un objeto susceptible de ser conocido. Gracias a esta afirmación a la vez grandiosa y absurda se hace posible el positivismo y todo el avance de la ciencia hasta hoy. La psicología que inaugura Descartes es la de un hombre que por construcción divina es capaz de emplear ese prodigio que es la razón y conocer. La cosmología cartesiana, por su parte, suscribe radicalmente el idealismo: es Dios quien crea el cosmos y al hombre para que lo domine en su nombre.

Por último, su ontología afilia y fortalece aquel linaje inaugurado por Parménides, Platón y Aristóteles: el pensamiento que concibe al ser como ser determinado. Descartes es a la vez racionalista, idealista, determinista, unitarista y, sin ser materialista, daría fundamento a todos los argumentos de los que echaría mano un materialismo “moderno” -muy distinto a aquel de Demócrito-. Una verdadera labor épica, repetimos. Y todo lo anterior a partir de la facultad indudable de dudar, pues ¿cómo dudar que dudamos?

Descartes duda porque advierte que nada se puede afirmar en forma definitiva y universal a la vez que siente que -dado que el ser es determinado- es preciso que exista un anclaje único y definitivo a partir del cual establecer esas determinaciones. Ese anclaje será el cogito cartesiano. He aquí la tendencia unitarista siempre presente en la filosofía heredada. Veamos como lo ve Castoriadis (1922 – 1997):

“Las filosofías que han querido establecer un punto de partida absoluto o un origen incondicionado, un fundamento auto fundante, han contenido siempre desde este punto de vista, falacias lógicas, por ejemplo, Descartes”

La falacia lógica no es problema para las religiones pues ellas constituyen su absoluto a partir de la irracionalidad y un acto de fe es superior a mil argumentos lógicos. Pero las filosofías no pueden darse tal lujo. O reconocen la arbitrariedad instituyente de las premisas o están obligadas a la aventura determinista.

¿En qué se distingue Descartes de Platón? Pues en que mundaniza el acceso a la verdad. Desidealiza el idealismo platónico. Pero, ¿para qué lo hace? Pues para lograr precisamente aquello que Platón había designado como el fin de la filosofía: formularse como filosofía del ser determinado, filosofía de la determinidad, filosofía de la verdad absoluta, certeza que sería, al final,  la expresión razonada de Dios. Filosofía, pues, teológica. Sólo en forma aparente los distingue el anclaje –mundo de las ideas versus mundo de la razón– que en esencia responde a la misma filosofía.

Se trata del mismo linaje, del mismo recorrido iniciado con Parménides: el ser es y el no ser no es; y que quizá fue necesario recorrer hasta Hegel: todo lo real es racional y todo lo racional es real; y hasta que arribara a su fracaso final y definitivo.

En este sentido, la vena principal de toda la filosofía heredada no es la discusión entre idealismo y materialismo sino el racionalismo razonante y racionalizante que pretende captar el ser, captar el mundo tal como es ¿Por qué? Pues, precisamente, porque “es”, porque es determinado. No importa el bando donde se ubique el pensamiento, si lo que se propone es captar el ser en su esencia, no hay que dudarlo, estamos en el campo de la filosofía teológica, el proyecto ya fracasado de la filosofía platónica. Por eso la discusión materialismo – idealismo es a la vez falsa e imposible; simplemente porque ambos piensan al ser como determinado -falso- a la vez que ambos pretenden tener la solución -imposible-.

Entonces, ¿en qué se distinguen el idealismo y el materialismo? Pues en que ambos se ubican en el extremo opuesto de la misma línea argumental: el ser es y su origen o causa originaria es… Un idealista dirá que es Dios (o la Idea) mientras un materialista responderá que es la Materia. Pero, ¿cuál es la diferencia entre la categoría Dios y la categoría Materia si, como sabemos, ninguna de las dos es determinable? Respuesta: no hay diferencia. Ambas son categorías intelectuales que jamás darán la respuesta a la pregunta ¿qué es…? ¿Qué es Dios? ¿Qué es la Materia? Respuesta: no lo sabemos.

Castoriadis hace estallar esta herencia al afirmar que lo que el ser humano “sabe” del mundo y la realidad no es que lo descubre, sino que lo inventa. Lo crea. Es el resultado de su imaginario radical y su imaginario social. Es su obra, él lo instituye. El ser humano es aquel extraño animal loco que se funda a sí mismo no sólo por crear el propio sentido de su vida, sino porque crea su propia razón, incluida la verdad científica. Así pues, la verdadera disputa no es entre idealismo y materialismo, sino entre una aprehensión del ser como determinado y otra que reconoce su alteridad e indeterminación última. El ser como ser Uno, ser-siempre devenir-siempre versus ser estratificado.

Luego de la quiebra de la ontología teológica o filosofía de la determinidad, el pensamiento del siglo XX se ha batido en retirada: abandono del ser, muerte del sujeto, muerte de la filosofía, estructuralismo, hermenéutica, pensamiento débil, regresos religiosos. Todos son intentos que no logran romper su relación mítica con la razón, basculando hacia un espiritualismo desprovisto de toda significación y que de paso apela a la muerte de la reflexión para justificarse mientras a la vez obviamente no puede dejar de reflexionar. El ser es y no-es. La filosofía heredada ha ocultado, tenía que ocultar este hecho. Es necesario re-encontrar una filosofía del ser como no-determinado, del ser como caos, del ser como alteridad. Pero esta indeterminidad esencial del ser no es “falta” o insuficiencia o carencia de conocimiento ni de ser sino una cualidad que hace precisamente posible la emergencia de nuevas determinaciones. Es éste el paso ontológico que dio Cornelius Castoriadis y que anuncia por fin la verdadera superación de la filosofía heredada.

 

Créditoa para: http://economiapoliticaehucv.wordpress.com/2013/11/11/dialogo-descartes-castoriadis-cogito-cartesiano-versus-filosofia-de-la-creacion-2/  

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