Venezuela Opinión / Bandera muerta / Rafael Mitilo

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17/07/2014 | 11:17 PM

 

* Rafael Mitilo

 

«El amor solo comienza a desarrollarse cuando

amamos a quienes no necesitamos para nuestros

fines personales».

Erich Fromm.-

 

Cuando por primera vez vi el mapa de Venezuela, serpenteaba imperfecto hacia su forma, entre las manos escolares de mi hermana Gianna. Cuatro años mayor. Quien incesante, con rígida disciplina, fijaba sus ojos sobre aquel papel blanco, en el que, una y otra vez, borraba, soplaba y escribía. Sus bordes, a veces verde, otras azules y en ocasiones amarillas, semejaban arterias entrecruzándose, como un gran cuerpo sin piel.

Años más tarde, supe que dentro de ese cuerpo vivía, que las calles, las personas y las casas que me rodeaban eran mi pueblo, mis amigos y mi familia. Yo apenas si sabía hablar, pero entendía las cosas y las palabras con que se me explicaban. Luego, en la escuela aprendí, que esas voces tenían por nombre: castellano.

A medida que creíamos (mis amigos y yo), nos compenetrábamos, con  aquel ambiente fascinante. Al despertar, el sol y los sonidos del día, familiares para siempre en mí. En ocasiones, lluvia blanca y profunda, como una buena idea. Por las noches la casa y el calor de la familia. Los sueños siempre tenían que ver con aquella tierra, donde se condensaba el mundo.

Fue la escuela, quien nos contó esa historia. Nos dio nombres de héroes y conquistadores, fechas y lugares de batallas. Nos dijo además, que éramos, no el mundo, sino una parte de él. Nos mostró entonces, otro mapa, similar a una mujer preñada ondeando una bandera de fuego, y se nos dijo: «ésta es América». Aprendí a amar las leyes por las cosas que decía mi madre. Con ellas -pensaba- me siento seguro y feliz. Las maestras repetían números, modales, historias, fórmulas, ejercicios en fin, sin saberlo caminábamos hacia la formación, hacia la vida libre, autónoma. Sin saberlo, se estaba moldeando en nosotros la esencia de ciudadano. 

Al tiempo que nos desprendíamos de aquel mundo feliz, fuimos sintiendo mordidas insospechadas de un espectro desconocido. Era otro mundo. De mujeres semidesnudas y hombres borrachos. Compañeros sin padre y niños viviendo en las calles. Hambre y derroche conviviendo en un mismo tiempo. Aterrados, miramos hacia la escuela. Solo encontramos un escudo grande de bronce mohoso cubierto de telarañas, empotrado sobre la fachada. Al lado, sostenida por un asta de hierro, aquella bandera inmóvil que parecía estar muerta.

Comprendimos entonces, que todo fue un juego, la verdadera patria es un símbolo, al que sin amor alguno, se debe respeto sin que se le practique. 

Los símbolos, cuando son solo eso, están precedidos de grandes cargas de sentimiento y de historia. Labradas a fuerza de tiempo y vida. No puede amarse un símbolo, si antes no se ama la fuerza que representa. Los símbolos son el zumo de todo un conjunto de ideales, que la conducta social necesariamente debe respaldar. Practicar hasta hacerlo cultura. 

Para sentirse representado o, representante, por y de, un símbolo -sea cual sea su naturaleza- se debe ser cónsono, con los principios que en él se resumen. Es decir, las sociedades jamás deben seguir hombres, sino ideas, éstas a su vez, por su repercusión, se condensan en símbolo, que al final sin ideología, pasan a ser más importante que su significado. Cuando el hombre recurre, a la enseñanza de amor y valores a través de los símbolos, obra a la inversa y nada útil surgirá de esa práctica, pues defender imágenes, sin la base del ejemplo, es pura ficción. El resultado, en la práctica, no será otro, que el de fanatismos sectarios, o falsas posturas de lealtad incondicional, casi siempre acompañadas de fundamentalismos mesiánicos y lagrimeos de utilería. El fundamento de tal conducta se explica, en la ausencia de armonía, entre la noción de lo real y la realidad propia. El hombre no se identifica con el símbolo, y menos con lo que éste representa. Simplemente, como un acto reflejo, sigue la opinión general, «adora» la imagen en forma aislada, desechando su significado filosófico, psicológico, histórico y cultural. Lo cual, en la vida cotidiana, desequilibra. Lo natural es sentir consciente, no «adorar» ignorando.

Cuando se está bajo ese estado de hipnosis social, cualquier cambio en las formas del símbolo resulta indiferente. La discusión es trivial ya que para la masa, dicho símbolo jamás ha significado nada. Es algo así como amar el nombre de la madre, sentir respeto por éste, más no por la madre en sí. Es absurdo manifestar respeto por la idea del todo y no respetar al todo con cada una de las partes que lo integran.

Respeto por un escudo, una bandera y hasta un himno; implica una práctica previa, permanente y cotidiana. Es acatar las leyes que respaldan dichos símbolos, es creer en el trabajo como fuente de subsistencia, es confiar en la educación como vía del proceso liberador, es amar la familia, practicar la justicia. En fin, es ejercer la conducta social indispensable, hasta hacer de esos símbolos, el resumen de las virtudes, que los mismos dicen representar. Lo que debe quedar claro, es que no necesariamente ama a la patria, quien no alimenta sus hijos, y muere luego defendiendo una bandera. En los símbolos resumo el amor por la patria, cuando éste repito, es práctica cotidiana, ejercida en el trabajo, la familia, la educación, la cultura, el deporte. En otras palabras, primero se es gente, luego ciudadano. La condición de patriota se excluye o depende del cumplimiento vinculante de las anteriores. No es patriota, quien no es ciudadano y, no es ciudadano quien no es gente. Quien ama el dibujo de un escudo, ama una ficción. Ama una forma inerte y vacía. Quien respeta las leyes y lucha contra lo incorrecto, entiende la gente, su tiempo y su historia, aun cuando no interiorice su figura, ama ese escudo. Este es un medio de defensa, no el objeto a defender.

Nunca he olvidado los cándidos dibujos de mi hermana, cuya primera impresión -en mí- fue la de estar ante un caballo al revés. Tampoco las arterias de colores que los entrecruzaban. No olvido además, la escuela y su bandera muerta.

 

rafamitiloveliz@gmail.com – @rafaelmitilo

 

Créditos para: http://laprensadebarinas.com.ve/news/noticiaunica.php?id=53671 

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