Mes: agosto 2014

Las claves nunca contadas de una contienda que dividió el mundo durante medio siglo

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El tiempo ha ayudado a matizar protagonismos sin base histórica creados por intereses de la posguerra

Las claves nunca contadas de una contienda que dividió el mundo durante medio siglo

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Ahora, cuando empieza a apagarse el eco de «los cañones de agosto», de los actos por el centenario de la Gran Guerra, iniciamos con el mes de septiembre otro aniversario, el setenta y cinco de lo que se considerael comienzo de la más evidente consecuencia de la anterior conflagración, segunda parte de una contienda que, en realidad, se extendió entre 1914 y 1989, entre Sarajevo y la caída del Muro de Berlín,tiñendo de horror al siglo XX. Una centuria cuya primera parte conoció las mas terribles carnicerías, con cifras impensables hasta entonces de destrucción y muerte. Y una segunda bajo el miedo a una guerra planetaria que acabara con todo y con todos en un holocausto nuclear. En el gozne entre esas dos partes, en el epicentro de la larga contienda del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial superó con creces a su antecesora y abrió las puertas a la Guerra Fría y el terror atómico.

Fascinación. Por su dimensión, por su extensión, por el número de países implicados, por el total de víctimas… por todas y cada una de sus magnitudes no ha habido jamás una contienda igual. Quizá sea ése el motivo de la fascinación que ejerce aún sobre una sociedad ávida de conocer más y mejor los pormenores y circunstancias de toda aquella época. Fascinación que parece trasladarse de una generación a otra: setenta y cinco años después, cuando sus últimos protagonistas nos abandonan ya, la Segunda Guerra Mundial sigue acaparando títulos de ensayos, novelas o biografías. Cientos de libros se publican aún en todo el mundo sobre el tema. Un tema que es recurrente en las pantallas de nuestros cines y en series televisivas, de ficción o documentales, por no citar los numerosos foros de internet, donde los más jóvenes rugen en un permanente combate dialéctico sobre todo tipo de cuestiones acerca de esta guerra. O se recrea en juegos, cómics, coleccionables y «wargames».

Pero el paso del tiempo matiza las verdades asumidas entonces como irrefutables, evidencia las versiones destinadas más a oscurecer que aclarar, pone en entredicho las interpretaciones más pendientes de condenar que de entender. Equilibra protagonismos tergiversados en aras más a intereses de la posguerra, que a realidades de la propia guerra. No sé si a estas alturas estaremos más cerca de la verdad (¿cuál es la verdad?). Pero es evidente que hay otra forma de explicar esa guerra, otra manera de contarla, otro modo de encarar los acontecimientos. Posiblemente descubramos entonces nuevas dudas donde siempre habíamos creído tener certezas.

Guerra en Asia

El inicio. Lo primero que deberíamos poner en entredicho es esta propia fecha. El 1 de septiembre de 1939 comenzó la guerra en Europa, pero hacía ya más de dos años que se combatía encarnizadamente en Asia. Desde 1937 Japón y China se enfrentaban en una contienda que sólo en Nankín había provocado más de 100.000 muertes. En ese momento ya estaban delimitados los dos bandos en que el mundo fue quedando dividido conforme avanzaba la Segunda Guerra Mundial. Y su influencia en el desarrollo de ésta resultó decisiva. La presencia japonesa en la zona llevó a un enfrentamiento armado con la Unión Soviética: Khalkin Gol, una guerra corta pero cruenta, se resolvió justo a tiempo para que el Ejército Rojo pudiera enviar sus unidades a invadir Polonia y cumplir así su acuerdo con Alemania. Por su parte, Tokio, tomando buena nota de su humillante derrota, se abstuvo de apoyar a Hitler cuando éste lanzó sus ‘panzer’ contra la URSS. Ello permitió a Stalin utilizar sus divisiones siberianas para defender Moscú, lo que supuso el primer frenazo de la Wehrmacht en el Este.

La guerra en China sería también causa de que Washington cortara el suministro de materias primas a Japón, entre ellas el vital petróleo, y su consecuencia fue el ataque japonés a Pearl Harbor y la participación directa de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Una guerra que, evidentemente, comenzó en Asia. Y en Asia terminaría nueve años más tarde.

Polonia. Otra cuestión a revisar es la relativa a Polonia. Los manuales sostienen que Londres y París declararon la guerra al Reich en defensa de la integridad territorial polaca. Sin embargo, aparte de exigirle firmeza y prometerle apoyo, los aliados poco más hicieron por Polonia que atrincherar sus fuerzas tras la Línea Maginot, mientras los polacos esperaban en vano una supuesta ofensiva franco-británica que aliviara su situación. Tal ofensiva nunca llegó a producirse, porque Polonia no era causa, sino pretexto para la ruptura de hostilidades. El Reino Unido y Francia lo que buscaban era frenar a Hitler tras sus repetidos incumplimientos y el abandono de todas las obligaciones impuestas a Berlín por el Tratado de Versalles. Si realmente Polonia fuera el motivo de su preocupación, habrían extendido a Moscú su declaración de guerra cuando dos semanas más tarde el Ejército Rojo invadió el país por el Este para completar lo que la Wehrmacht estaba llevando a cabo por el Oeste.

Terminada la contienda, cuyo inicio se legitimaba por la defensa de Polonia, de la integridad territorial polaca, no hubo inconveniente en la amputación de casi un tercio del país (compensada, solo en parte, con la anexión de territorios alemanes) y la subordinación de Varsovia a una dictadura extranjera.

Vichy. En 1940, tras la derrota de Francia, llegó el Armisticio y el establecimiento del régimen de Vichy. Una cuestión sobre la que se podría debatir extensamente, en especial sobre el auténtico papel jugado por la Resistencia a lo largo de sus cuatro años (y no sólo en los últimos meses, cuando ya era evidente la derrota alemana). O sobre la patética figura de Petain, que de encarnar la firmeza del pueblo francés frente a los alemanes, por su defensa de Verdún en 1916, pasó a simbolizar el entreguismo y la colaboración con el enemigo. No debió ser sólo él, ya que tras la Liberación, Francia vivió una feroz represión que alcanzó a decenas de miles de personas y obligó a que tanto Estados Unidos como al Reino Unido exigieran a De Gaulle que parara tamaña persecución. Cerca de 80.000 franceses fueron encarcelados y no menos de 10.000 ejecutados. Otros miles más serían depurados de sus puestos de trabajo, cargos u honores, depuración que se extendió incluso a los fallecidos previamente.

El Blitz. Vencida Francia, el objetivo de Alemania era llegar a un acuerdo de paz con Londres y al no lograrlo lanzó su ofensiva aérea para reducir la voluntad de resistencia de los británicos, el Blitz. Una campaña de bombardeo sistemático, primero contra bases aéreas y objetivos militares y posteriormente contra las ciudades y la población civil. Nadie duda de que aquel fuera un momento clave de la contienda. El Reino Unido era ya el único oponente que se resistía a los nazis y su derrota hubiera significado el fin de la guerra y la consolidación de todas las conquistas germanas. La definitiva victoria de Hitler. Sin embargo, los cazas británicos pudieron mantener a raya a la Luftwaffe a lo largo de casi una decena de meses, hasta que Göring se dio por vencido y suspendió los ataques. «Nunca tantos debieron tanto a tan pocos»sentenciaría Churchill como tributo a los pilotos en una de sus frases tan brillantes como rotundas, pero pudo haber especificado algo más, pues una gran parte de esos «pocos», aunque tripularan aviones británicos que llevaban la escarapela de la RAF en sus alas y fuselaje, procedían de otros muchos y distantes países.

En la batalla de Francia, el Reino Unido había perdido no menos de 300 aparatos y, lo que es peor, a sus pilotos. Aunque las fábricas trabajaban a tope para reponer los aviones perdidos, compensar las pérdidas humanas era mucho más difícil, máxime si se tiene en cuenta que los primeros ataques de la aviación alemana se centraron en las bases aéreas. Serían entonces aviadores polacos, franceses y checos expatriados quienes tomaran los mandos de un buen número de aviones para defender el Reino Unido, junto a canadienses y voluntarios estadounidenses, que anticiparon por su cuenta la intervención de su país en la guerra.

Monty. El ventajismo de Mussolini abrió nuevos frentes de batalla y extendió la guerra a diversos escenarios y países, obligando a Alemania a dispersar sus fuerzas. África del Norte, el desierto, sería el marco del más emblemático de esos enfrentamientos. Allí los italianos, con la ayuda de un par de divisiones alemanas, pudieron mantener una guerra singular en la que uno y otro contendiente avanzaba o retrocedía alternativamente miles de kilómetros. Rommel sería el héroe de esa campaña. Pero el vencedor resultó ser Montgomery, siguiendo el plan de su antecesor Auchinleck. Un plan tan sencillo como el de no desatar la ofensiva hasta no tener una abrumadora superioridad sobre el enemigo, tanto en hombres como en material. Con tal superioridad venció en El Alamein. Pero si los germano-italianos pudieren ser desalojados del norte de África se debió más a las fuerzas desembarcadas en el otro extremo del continente, en Marruecos y Argelia, que a su labor de estratega.

Mitificado (sobre todo por él mismo) Montgomery no tuvo demasiados éxitos posteriores. Ralentizadas sus tropas en Sicilia, vería con rabia como Patton le adelantaba en su carrera por llegar a Messina, el objetivo final de la campaña. En Normandía quedó atascado en Caen durante semanas, hasta que los americanos, que ya para entonces estaban a las puertas de París, vinieron en su auxilio (otra vez Patton). En Amberes, vital para el abastecimiento de los aliados, el puerto no pudo quedar operativo por la lentitud de las operaciones en las islas adyacentes. Por fin, la que debía de ser su actuación estrella, Market Garden, cruzar el Rin y entrar en Alemania, en el Ruhr, desde el norte de Holanda, fue uno de los más sonados fracasos de toda la guerra. Hoy, sin embargo, Monty sigue siendo uno de los grandes mitos de la contienda. Quizá porque todos los países necesitan tener su propio héroe en cada guerra.

Las claves nunca contadas de una contienda que dividió el mundo durante medio siglo

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Pearl Harbor. El ataque a los buques americanos en las Hawái es otro de los mitos recurrentes. Aparte de las diferentes interpretaciones, incluso de mandos de la US Navy, sobre la «colaboración» de Washington a esa agresión de los japoneses que permitió a Roosevelt oficializar una guerra en la que, de hecho, ya estaba participando, la operación en sí, por muy alevosa que fuera, no constituyó un caso singular en esta contienda. Antes que Pearl Harbor, sin previo aviso ni declaración de guerra, fueron bombardeadas e invadidas Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Yugoslavia o la URSS, con la diferencia de que los norteamericanos fueron atacados en una base naval, sufriendo menos de un centenar de muertes entre los civiles, mientras en Varsovia, Rotterdam o Belgrado las víctimas se contaron por decenas de miles. Alevoso sí, como tantos otros, pero no tan singular como se nos presenta tan magnificado ataque, singularizando su fecha como «Día de la Infamia» en una guerra llena de tantas infamias.

Barbarroja. La decisión de Hitler de invadir la URSS, además de resultar un error histórico, se basó en la falsa premisa de que los soviéticos preparaban la guerra contra el Reich. Por el contrario, el cumplimiento por parte de Moscú de los acuerdos sellados entre Molotov y Ribbentrop en el verano de 1939, fue total. Tanto que las potencias occidentales, y sobre todo la opinión pública, consideraban a Stalin el aliado más firme de Hitler. Sólo hace falta ver las caricaturas en la prensa de la época. Y un dato más, la Luftwaffe se había organizado y preparado en tierras rusas en una base cedida por el Kremlin, a causa de las restricciones que imponía a Alemania el Tratado de Versalles. Incluso, durante la Talvisota, la guerra de invierno entre la URSS y Finlandia, franceses y británicos consideraron mandar un cuerpo expedicionario a combatir contra el Ejército Rojo. Si la intervención, que hubiera sumado definitivamente a la URSS con las fuerzas del Eje, no llegó a consumarse se debió sólo a que la contienda se remató antes de que las tropas aliadas estuvieran listas para su embarque. Stalin confiaba en Hitler tanto como Hitler desconfiaba de Stalin. Por eso desoyó los múltiples avisos en los que se le anunciaba la fecha exacta del ataque. Aún minutos antes de que la maquinaria militar germana pusiera en marcha la invasión, un tren cruzaba la frontera con suministros de guerra soviéticos para Alemania.

El mayor desembarco

El día D. El desembarco de Normandía es sin duda otra de las acciones claves de la guerra. La mayor operación de desembarco llevada a cabo en la historia que, aunque no logró los objetivos inicialmente previstos, resultó un éxito incuestionable. Lo que se puede cuestionar, sin embargo, es en qué medida decidió la contienda. Porque a Berlín se llegó desde el este. Mientras en las playas de Normandía desembarcaban varios cientos de miles de hombres, el Ejército Rojo movilizaba cerca de seis millones de soldados en una serie de ofensivas que abarcaban desde el Báltico al Mar Negro, que culminaron con la Operación Bagration, haciendo que Rumanía, Finlandia y Bulgaria cambiaran de bando y obligando a las tropas germanas a evacuar Serbia, Grecia y Albania, así como a intervenir en Hungría y Eslovaquia para que esos países no se desligaran también de Alemania. La Operación Overlord, nombre en clave del desembarco, ni tan siquiera forzó a la Wehrmacht a desplazar una sola división desde el Frente del Este al Oeste. Sin embargo, en otro aspecto, la llegada de las fuerzas anglo-americanas a la Europa Occidental resultó a la larga decisiva, porque sin su presencia, los carros soviéticos no se hubieran detenido en Berlín en la primavera de 1945 y toda Europa hubiera quedado sometida a los dictados de Moscú.

La bomba. Japón estaba derrotado. Y lo sabía. A través de intermediarios pretendía negociar la paz. Su única exigencia era que se respetase al Emperador. Pero los aliados no se avinieron a ninguna condición. A pesar de todo ello, el fin de la guerra parecía inminente y las divisiones en el gabinete de Tokio presagiaban un rápido desenlace. La URSS, única potencia que no estaba en guerra con Japón, pero que se preparaba para hacerlo en cuanto hubiera trasladado el grueso de sus fuerzas a Asia, era la más reticente, porque no quería dejar escapar el botín que ansiaba: Vladivostok, Sajalín y las Kuriles, que le permitirían un acceso directo al Pacífico. En esas circunstancias, el presidente Truman, que al contrario de Roosevelt mantenía una mala impresión de Stalin y pocas simpatías por los soviéticos, ordenó lanzar la bomba atómica. Con ello aceleraría la ya inevitable decisión japonesa, pero, sobre todo, mandaba el mensaje a Moscú de que los Estados Unidos no sólo tenían la bomba, sino que no dudaban en usarla. Clara advertencia para el mundo que se iniciaba en la posguerra. Nacía la Era Atómica y ya se vislumbraba la Guerra Fría.

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¡Alerta! El Wi−Fi puede dañar tu salud

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Recientemente en España se ha estado alertando sobre los riesgos de tener el Wi-Fi encendido todo el tiempo. De acuerdo con datos del diario Clarín, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental lanzaron en el país vasco una campaña nacional para retirar el Wi-Fi de las escuelas, debido a los posibles daños que pudiera causar a los niños.

La explicación es la siguiente, de acuerdo con el abogado ambientalista Agustín Bocos.

“El Wi-Fi emite radiaciones electromagnéticas a una potencia muy elevada; las consecuencias son nocivas para todos, pero en especial para los niños, más vulnerables porque están en pleno desarrollo”.

Pero esto no es exclusivo de España. Al menos en Inglaterra, Francia y Suecia el Wi-Fi se está retirando de escuelas, museos, bibliotecas y otros lugares públicos; ya que este tipo de tecnología no está revisada a profundidad por instituciones u organismos de sanidad, de forma que sea posible saber qué potencia emite y cómo se controla esa emisión.

Mientras tanto, se ha sugerido que males como la hiperactividad, las cefaleas y el mal dormir infantil, son padecimientos relacionados con las ondas emitidas por el Wi-Fi, por lo cual se aconseja apagar en la noche esta tecnología en el hogar.

De acuerdo con Bocos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha clasificado oficialmente este tipo de radiaciones como posible cancerígeno.

 

Créditos para: http://informe21.com/salud-y-bienestar/¡alerta-el-wi-fi-puede-hacerle-dano-a-tu-salud 

Decálogo del fracaso de Venezuela / Isabel Pereira Pizani

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thumbnailisabelpereiraPor supuesto no me refiero a la Vinotinto, ni al Magallanes, ni al Caracas, se trata de las 10 razones que han llevado a nuestro país a colocarse en la cola del mundo en lo positivo: educación, seguridad y en el crecimiento económico y en la cima de lo negativo en la inflación e inseguridad. Hoy, la movilidad social en nuestro país no se deriva de logros individuales en la educación, investigación, creatividad, productividad, en el esfuerzo, sino en el uso abusivo de los recursos fiscales y en el poder político gubernamental. Veamos:

1ª razón. Ejecutar una cirugía desde el poder que dividió, separó y bautizó a la mitad de la población como escuálida, vende patria, fascista. Ninguna sociedad puede remontar si coloca como peso muerto a la mitad de sus habitantes y se dedica como gran objetivo a exterminarla y a culparla de todos sus males. Decretar la lucha de clases.

2ª razón. Haber arremetido y atacado sin clemencia el derecho a la propiedad que tienen las personas en cualquier país libre del universo, robar la propiedad a los propietarios legítimos amparados por títulos validados por los registros nacionales. Destruir la propiedad es cercenar la capacidad de innovación, creación, generación de riquezas que esta en las aspiraciones y sueños de cualquier emprendedor, ciudadano, e individuo.

3ª razón . Eliminar el equilibrio y autonomía de los poderes. Haber dejado a los venezolanos sin jueces, sin fiscales, sin defensa de sus derechos humanos y civiles. Sin control en el uso de recursos fiscales que no les pertenece. Haber desaparecido la representación ciudadana en las instituciones que de forma totalitaria solo obedecen al poder central. Sin asamblea nacional, sin Tribunal Supremo, sin CNE plural.

4ª razón. Destruir el tejido económico por razones ideológicas, condenar las empresas, los emprendimientos, negándoles a los individuos el derecho a participar en la búsqueda del bienestar, a organizarse para producir, para ser útiles. Intentar sustituir el modo capitalista occidental por un Socialismo fracasado universalmente.

5ª razón. Pretender resolver todos los problemas económicos, políticos, sociales y culturales con base al montaje de estructuras de controles y represión: Biométricos, controles de precios, cierres de medios de comunicación, negación de recursos presupuestarios a autoridades legitimas, represión de guardia nacional bolivariana, acoso a artistas libres, cerco a las universidades nacionales…………

6ª razón. Enfrentar la pobreza con subsidios, gasto social populista y con el montaje de parasistemas ineficientes y costosos incapaces de suplir la generación de trabajos productivos, la formación para el trabajo, la capacidad y cobertura de las redes hospitalarias, la universalidad y complejidad de las universidades nacionales.

7ª razón. Decretar la destrucción del patrimonio social construido por la democracia durante 40 años, redes hospitalarias, ciudades universitarias, medios de comunicación, Ateneos, redes de museos nacionales, casas de la cultura y haber pretendido sustituirlos por entidades portadoras de ideología socialista.

8ª razón .Conspirar y contribuir a la expulsión del mas grande contingente de recursos humanos hacia otros países, en búsqueda de seguridad, de futuro y de oportunidades de crecimiento personal y profesional. Pretender sustituirlos por la presencia colonizadora de personal extranjero.

9ª razón. Separar e intentar ideologizar la Fuerza Armada nacional perteneciente a toda la sociedad, convirtiéndola en cuerpo de defensa de una revolución fallida, sometida al comando de una potencia extranjera, por primera vez en nuestra historia .

10.Tolerar la corrupción de sus acólitos, seguidores y gente del oficialismo, permitiendo total impunidad ante comisión de delitos de lesa humanidad, crímenes derivados de la descomposición social, abuso del poder político y violaciones de la constitución nacional. Haber abandonado la protección de la población en todos los sectores, grupos y localización, incluyendo hasta sus propios seguidores.

Apreciado lector, saque la cuenta del peso de cada una de estas razones y agregue la que le duela más.

isaper@gmail.com
@isapereirap

 

Créditos para: http://www.lapatilla.com/site/2014/08/31/isabel-pereira-pizani-decalogo-del-fracaso-de-venezuela/ 

Caparrós / Mil millones de platos vacíos

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Caparrós, etnógrafo. Sus viajes de casi una década, para una serie de informes de Naciones Unidas, deparan esta crónica monumental sobre la marea de hambrientos del mundo -tan lejana de lo que aquí llamamos hambre. Sergio Chejfec, narrador de su generación y amigo desde los tiempos de la revista Babel, analiza el rompecabezas de su obra.

POR AGUSTIN SCARPELLI Y MAURO LIBERTELLA

Dhaka, capital de Bangladesh. Esta imagen fue tomada en la cocina de un conventillo, donde cuatro mujeres cocinan, cada una con sus bártulos y con escasa materia prima.

El hambre ha sido, desde siempre, el motor de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada influyó más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra mató a más gente. Todavía ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable. Yo no lo sabía”. Quien así escribe es Martín Caparrós, que acaba de publicar un libro de más de seiscientas páginas sobre el hambre en el mundo. En este trabajo confluyen todas sus facetas: el investigador, el escritor, el viajero, el etnógrafo, el cronista. Ese cruce de disciplinas, ese borramiento de fronteras textuales, no es nuevo para él y podríamos decir incluso que está en el centro mismo de su sistema nervioso. Arrancó como periodista de muy joven y entendió rápidamente que su campo de operaciones era nada menos que el mundo entero. Participó en algunos hitos mediáticos culturales de la vuelta a la democracia, como el programa de radio “Sueños de una noche de Belgrano” y, en televisión, “El monitor argentino”, ambos con su coequiper de entonces, Jorge Dorio, con el que hacían una dupla de enfants terriblesde la modernización aperturista. Fundó también con Dorio la influyente revista literaria Babel. Más adelante le llegó la hora a otro de sus proyectos de largo aliento, el libro La voluntad , en tres tomos, una historia oral de la militancia política argentina en los 70, en colaboración con Eduardo Anguita. En los ultimos años, además, ha sido una de las voces más críticas del kirchnerismo. Desde su blog “Pamplinas”, hasta hace poco absorbido en el diario El País, de España, intervino sobre debates coyunturales, como también lo hizo con su libro Argentinismos , que recoge desde su título lo que considera deformaciones nacionales. Grafómano incansable, nunca dejó que estos proyectos interrumpieran su ficción, que ya supera las tres mil páginas.

Para El hambre , Caparrós recorrió medio mundo, una vez más, para relevar ahora las estructuras de lo que quizá sea el problema clave de nuestra época. A lo largo de sus páginas, se distingue un nosotros de la reflexión (que excluye al hambriento) y un nosotros de la crónica (que a su manera y con inexorable distancia, lo incluye e interpela). Ese es el puente que erige el texto.

El volumen tiene un espíritu de denuncia, de panfleto alarmado. Así, desarma mitos o ideas arraigadas alrededor del tema. Por ejemplo, asegura que el hambre en la región de Sahel, en el centro de Africa, no es estructural. Incluso, comparando los diferentes capítulos, caemos en la cuenta de que el hambre en esos países no es consecuencia directa de la pobreza d recursos en esos países. Como enfatiza el autor, Níger (país ubicado al noreste de Nigeria) tiene, por ejemplo, grandes reservas de uranio, uno de los minerales más codiciados para la producción energética, que son explotadas por una empresa estatal francesa. El canon que pagan por ello es insignificante para el tesoro nacional e imperceptible para la población nigerina. Pero la investigación también desmiente otra creencia demasiado extendida, según la cual los países desarrollados han alcanzado la modernidad sencillamente gracias a que hacen las cosas bien… Son capaces, por ejemplo, de destruir un banco de reserva de granos para hacer a los pueblos más dependientes, a costa del hambre.

Por otra parte, este no es un libro suelto, caído del cielo justo en el interior de la biblioteca Caparrós. En los ultimos dos años viene de publicar Comí , una novela de ecos autobiográficos y hedonistas que gira en torno al placer de la gastronomía, y editó también en España Entre dientes , pequeño tratado gastronómico o de “crónicas comilonas”. Con ambos volvió a sus primeras armas en el periodismo, la crítica de delikatessen en la revistaCuisine et vins, que dirigía Miguel Brasco . Los tres juntos pueden formar, para el propio Caparrós, una especie de “trilogía perversa”.

Contanos cómo surgió este libro.

En 2005 me propusieron hacer un trabajo raro, para el Fondo de Población de Naciones Unidas. Consistía en armar una publicación sobre el estado de la población mundial. Tenía que escribir diez historias de vida de jóvenes en relación a un problema distinto cada año: Inmigración, Cultura, Cambio climático, Educación sexual y reproductiva, y otros más. Me llevó por todo el mundo. Tuvo dos efectos para mí ese laburo. Uno fue terminar de interesarme en una forma global de pensar los problemas. De ahí salió Una luna , que tiene que ver con la inmigración; Contra el cambio , sobre el cambio climático. El otro efecto que tuvo fue el de hacerme notar que detrás de todos esos casos había gente que no comía lo suficiente. Ese es el origen de este libro, que hice por mi cuenta, con independencia de ese ámbito.

Uno de los casos más dramáticos que tomás es el de Níger, en Africa central. ¿Cómo es el encuentro con esa realidad tan extrema?

A Níger fui tres o cuatro veces en los últimos años. Es un lugar que me impresionó por muchas razones. En temas de desnutrición es uno de los lugares más pesados, porque es una desnutrición totalmente regular. Todos los años, cuando llega el mes de agosto, se acaba la cosecha de mijo que han levantado en octubre, y no tienen más. Quedan esos meses que los franceses llaman soudure (la soldadura) y los ingleses hunger gap (brecha de hambre). Es una situación increíble porque se repite todos los años, en un país que por un lado es muy pobre y, por otro, tiene las segundas reservas de uranio, sólo que las explotan chinos y franceses, sin que quede nada en el propio Níger.

¿Cuál es el impacto en el escritor al ver a un semejante inmerso en esa situación límite?

Tiene algo que casi da vergüenza decir; existe una dignidad humana en la pobreza extraordinaria de esa región. No se trata de la miseria del conurbano, donde todo es dramáticamente sucio y miserable. Hablo de una pobreza tan ancestral que se sostiene con un porte distinto. Pero me gusta pensarlo como el encuentro con gente radicalmente diferente, que es uno de los grandes atractivos que tiene hacer este trabajo. Estamos demasiado acostumbrados a encontrarnos con nuestros semejantes más íntimos, y estamos totalmente desacostumbrados a encontrarnos con los distintos. El mundo está organizado para que no tengamos nunca esa experiencia, para que creamos que todo es más o menos como lo conocemos; entonces, basta con que de vez en cuando miremos un documental en la tele como para reafirmar la distancia.

Leyendo El hambre, da la impresión de que, si bien recorriste medio mundo, muchas de esas historias se repiten en su dinámica.

Sí. Lo que traté de hacer es que cada uno de los lugares pusiera de algún modo en escena algunos mecanismos de la desnutrición. Por ejemplo, el caso de Níger, donde la desnutrición parece estructural, hasta el caso de Madagascar, donde el problema es la apropiación de tierras a manos de grandes empresas provenientes de los países más ricos. Eso, pasando por todo un largo recorrido que incluye a la Argentina y las familias que viven de la basura del Ceamse, en José León Suárez, donde lo que quería poner en escena era la idea de la desnutrición en el país de la abundancia de alimentos, es decir, la distribución como razón básica.

¿Pero cuando decís “el hambre en Africa”, estás nombrando el mismo fenómeno que cuando decís “el hambre en Chaco”?

Eso es interesante, porque en general ya no existe la hambruna clásica, esa que veíamos por televisión, la imagen de un chico con el vientre inflado y flaquísimo. O existe en casos de guerra o cataclismo natural. La mayor parte tiene que ver con un proceso mucho más lento y continuado, y por eso mucho más indignante. La idea de no poder alimentarse todos los días, como es necesario. En la India, el país con más desnutrición del mundo, es aún peor porque existe una adaptación de millones de personas a una alimentación insuficiente. Quizá no se mueren pero no terminan de desarrollarse y viven toda una vida en condiciones paupérrimas.

¿Cuando en Argentina se habla de desnutrición, entonces, de qué se está hablando?

En general, se trata de un sector cada vez más afirmado que come cada vez peor. Hay un estudio de la antropóloga Patricia Aguirre que trabajó sobre las dietas de los argentinos en los últimos ochenta años. Encontró que hasta los ‘70 casi toda la población argentina comía la misma proporción de carnes, verduras, hidratos de carbono y demás. Después eso se va diferenciando y se va constituyendo una forma de alimentación de los más pobres que es cada vez más carente de todos los nutrientes necesarios, cada vez más consistente en grasas e hidratos de carbono. Alimentos que llenan y son baratos. Eso confirma que desde los ‘70 la injusticia fue creciendo.

¿A quién puede convenirle que haya 900 millones de hambrientos?

Mirá, es una de las cosas que más me sorprendieron en este trabajo: esa cifra coincide bastante ajustadamente con las personas que le sobran al capitalismo. Lo cual es un error para el propio capitalismo, pensado incluso desde su propia lógica, porque necesitás poder usar todos los recursos que tenés, y el sistema no sabe cómo usar a todas esas personas. Entonces las tiene ahí tiradas, sin rol, sin necesidad. Cualquiera que fuera un poco honesto te diría que a todos les conviene que se mueran, porque no sirven para nada pero complican las cosas. Te asustan un poco porque de tanto en tanto saltan una verja y tratan de meterse en el patio de atrás de tu casa… Y además, de vez en cuando las campañas de prensa, la culpa o el Papa molestan, y entonces les tenés que mandar una bolsa de granos, tratar de que no se te mueran demasiado en directo. Yo no creo que lo hagan a propósito, por el sólo hecho de que no les sirvan. Me parece, más bien, que es un error del sistema, y no saben qué hacer con eso.

Sos un conocido sibarita, amante de la buena comida, incluso trabajaste como crítico gastronómico. ¿No te resultó contradictorio con este libro?

Sí, y todavía no sé bien cómo resolverlo. Es obvio que para que uno se coma un buen salmón de Noruega, con alcaparras que vienen de España y un arrocito blanco de Tailandia (algo sencillo), tiene que ponerse en marcha un mecanismo económico y de mercado que es el mismo mecanismo por el cual millones de personas no comen. Si el arroz ese no se pudiera exportar en los países de origen, Tailandia o Madagascar, costaría probablemente tres veces menos. ¿Qué hacés con eso entonces? No sé. Por otro lado, es cierto que compartimos culpas, pero que esa generalización de las culpas no puede significar la dilución de los que tienen infinita más responsabilidad que uno: aquellos que se llevan miles de toneladas de granos y dejan suelos exhaustos para producir alimentos, o quienes saquean los minerales de un país extranjero y son capaces de inducir un golpe de Estado si no encuentra complicidad de quienes gobiernan esos países pobres.

Al leer este libro pensamos que podía considerarse una versión de “Los condenados de la tierra”, de Franz Fanon. En el prólogo de ese libro, Sartre se pregunta a quién le está hablando Fanon, y responde que sin duda no era a los europeos, sino que estaba llamando a la rebelión a sus compatriotas. ¿A quién le estás hablando vos?

Ojalá… Hacia el final del libro de algún modo discuto eso, porque la gente que sufre esto que yo cuento, no lo va a leer. ¿Quiénes estamos conversando sobre esta cuestión entonces? Lo que trato muy epidérmicamente es el tema de para qué sirve una vanguardia. En algún sentido son aquellos que tratan de pensar por fuera del orden establecido. Pero por otro lado, pensar por fuera del orden establecido te da un poder que es lo que hizo que se jodieran todos los movimientos políticos, desde fines del siglo XIX hasta hoy.

Un fenómeno como el hambre, ¿justifica la violencia política?

“Justificar” es una palabra tramposa, porque ¿quién es el juez? Mi problema con esta cuestión es que en general esta hambre crea más una violencia social que una violencia política. Una violencia desarticulada, sin proyecto, que se agota en sí misma. Si esa violencia fuera portadora de un proyecto que permitiera acabar con el hambre, a mí me parecería sensato.

¿Este trabajo te llevó a releer tu experiencia de los ‘70, que abordaste en los tres tomos de “La voluntad”? Viéndolo en retrospectiva, a partir de “El hambre” nos podríamos preguntar si la violencia política, con todos sus defectos, finalmente no tenía un sentido, truncado por el triunfo del neoliberalismo.

Por supuesto que tenía un sentido, pero tenía también una cantidad tan grande de errores que se desvirtuaba ese sentido. Esto que decíamos acerca de que las vanguardias políticas se creyeran portadoras de toda la verdad y se sintieran autorizadas a cualquier acción en función de eso. Eso produjo desastres por todos lados. Pero abriéndonos del tema de los años ‘70, muchas veces la violencia política tiene sentido. El problema es cómo se articula y en función de qué. Nadie vendría a decir ahora que San Martín tenía que haber ido con una banda de Hare Krishnas tocando las panderetas. Se supone que estamos todos de acuerdo con esa violencia política. No se trata de un valor absoluto.

Hace casi dos años que vivís en Barcelona. ¿Te fuiste por algún tipo de exilio cultural?

No, ¡tengo demasiado respeto para las palabras para decir que se trata de un “exilio”! Primero, me fui porque me parece que de vez en cuando hay que vivir en otros lugares. Descubrí hace unos años que puedo hacer mi trabajo desde cualquier parte del mundo. Aunque, es verdad, también me parecía que el clima en la Argentina estaba innecesariamente caliente. Y , ¡ojo!, a mí me parece bien que haya confrontaciones cuando se están jugando cosas importantes para la estructura de un país. Pero acá todo sigue muy parecido a sí mismo y parece, sin embargo, que vivimos al borde de una revolución. Es un despilfarro de energía. Vale la pena pelear cuando hay algo por lo que estás peleando. Por el contrario, solo vemos grupos de poder que se gritan unos a otros y nos hacen creer que están cambiando algo de la estructura argentina, cuando no está cambiando nada.

Como varios de tu generación, has tenido amigos que en los últimos años piensan muy distinto a como pensás vos la política. ¿Cómo te lo explicás a vos mismo? Pensemos en tus pares, como Dorio, hoy conductor de 678, o Anguita, director del diario Miradas al sur.

No me parece tan raro que uno piense cosas distintas en distintos momentos de su vida. Me puede doler en algún momento si eso me priva de pasar un buen rato con un amigo. ¿Por qué raro determinismo debería uno pensar lo mismo que hace veinte años? Por otro lado, no consigo creerme mucho las discusiones de estos últimos años. Y por eso este libro es un gesto político también frente a esto. Este libro es un modo de decir “hay problemas, como el hambre, que son mucho más pesados y urgentes que tu chicana”.

 

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/politica-economia/Martin-Caparros-El-hambre-entrevista_0_1190280991.html 

Cuando Kafka iba al cine

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Ensayo. El actor alemán Hanns Zischler rastreó todas las referencias a películas en los diarios del escritor checo, y descubrió a un enigmático cinéfilo.

POR MAURO LIBERTELLA

Cuando Kafka iba al cine

Kafka va al cine es un ensayo pero se puede leer como una novela policial. Es una investigación, es cierto, pero es también la historia de cómo su autor fue rastreando ciertas referencias al primer cine en los diarios y las cartas del checo para pensar una relación que todavía no había sido del todo allanada. El autor de este libro –que llega al español en edición de Minúscula– es Hanns Zischler, al que posiblemente conozcamos por su trabajo como actor en Los edukadores o Los juegos de Ripley , entre otras películas . El tipo se pasó la vida filmando. Entre los resquicios de sus labores comofrontman de la pantalla grande, se empezó a obsesionar con las alusiones de Kafka al cine. No eran grandes textos; se trataba, más bien, de cositas sueltas, como salpicados autobiográficos de experiencias visuales que lo marcaban con una cierta intensidad. Otro misterio le agregaba un atractivo a la investigación: en 1913 las referencias de Kafka sobre el cine se cortan, enmudecen. ¿Qué pasó ahí? ¿Dónde están ahora esas películas que el escritor menciona y que nunca más nadie vio? ¿Qué le interesaba de esos filmes a los que solamente alude con una línea en sus diarios? Estas son las preguntas básicas que el ensayista-investigador va a tratar de contestar en este libro.

Lo interesante de este trabajo no está solamente en el rastreo en la obra y las influencias y los entusiasmos de Kafka (algo sobre lo que, finalmente, se ha escrito muchísimo y se va a seguir escribiendo siempre), sino sobre todo en el relevamiento del cine de una época nonata. Muchas de las películas que vio Kafka no fueron vistas después por casi nadie más en el mundo. ¿Cómo puede ser esto? Es sencillo: se proyectaron de modo precario en algunas locaciones europeas de principios del siglo XX y después desaparecieron. Nadie guardó las copias, nadie le dio a esas películas una existencia póstuma. Hanns Zischler se metió entonces en cinematecas y depósitos para tratar de encontrar esas cintas y mirarlas, después de años y años y años de invisibilidad. La parte por el todo: muchas veces, Zischler llega a una película aferrándose únicamente en una frase suelta del cinéfilo K, donde no especifica ni un título ni un actor. En ese sentido, Kafka va al cine es un libro obsesivo, delirante y utópico y por eso hermoso.

 

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/Kafka-iba-cine_0_1198680167.html 

Nietzsche o el deseo de ser furiosamente libre

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El filósofo Michel Onfray y el dibujante Maximilien Le Roy proponen una biografía impresionista para uno de los grandes pensadores del siglo XIX.

 
Flamante guionista de historieta, Michel Onfray es un narrador elíptico, crucial, esencial. El año N°6 de la vida de Friedrich Nietzsche se resume en una viñeta para el dormir y otra para el despertar. El año N°7 es embotamiento. “Date prisa”, pide la madre a un niño empapado, un día de lluvia, a la vuelta del colegio. “Pero en la escuela nos han dicho que no debemos correr al volver a casa”, contesta el chico. Reprende, entonces, la madre: “Pero no cuando llueve, bobo”. Siguiente secuencia: arrobamiento hipnótico ante el piano. En 1853, la acción se desplaza a Pforta, Alemania. Pregunta de un condiscípulo: “¿Tú crees que haya alguien capaz de poner su mano en el fuego para demostrar a sus enemigos que no tiene miedo a la muerte?”. “No –dice un tercero–. Es demasiado bonito para ser cierto”. “Yo sí”, responde el niño Friedrich. La de Onfray + Le Roy es una fábula sobre el heroísmo y grandeza de espíritu, y la forma acompaña: abundan los paisajes naturales abiertos, los horizontes lejanos, un ritmo extrañado que es el del pensamiento. Aquí la teoría es puesta en acción, pura tensión dramática e intriga. El joven Nietzsche, para demostrar lo antedicho, toma el carbón y cierra el puño, hasta que un nuevo adulto normalizador sentencia otra verdad subestimante: “Mi pobre Nietzsche, tiene la cabeza hueca”. Cual psicoanalista lacaniano, Onfray corta y salta a otro clímax de sentido. Otro nodo de existencia densa: la deserción al mandato paterno-filial. “No quisiera darte un disgusto –a la madre, cortés hasta el fanatismo– pero lo he pensado bien y creo que no seré pastor. Preferiría ser compositor”. La belleza que irradian el magenta y el ocre en los tonos del otoño que imaginó Le Roy como marco para la desolación, durante la excursión-huida al bosque, corta el aliento.

Salto a Bonn, en 1868. El duelo es la síntesis del honor, el prestigio y la grandeza, en uncontinuum de existencia atravesada por símbolos. La vida, para Nietzsche, es un teatro del sentido, o una perpetua puesta en escena. Pero aquí, esa puesta no es objeto de la crítica sino sujeto de la voluntad de trascender a lo banal: fruto de lo real como voluntad y representación. En todos los casos, Onfray & Le Roy eligen la opción difícil despojando al cuadro de texto off, llevando incluso la reflexión sobre el impacto que produjo en Nietzsche el descubrimiento de Schopenhauer a globo de diálogo. Nietzsche queda deleitado, en versión de Onfray, ante la revelación de que una nueva teoría podía cambiarle la conciencia sobre su vida. Lo rige la idea de que debe sacrificar felicidad por verdad; el determinismo lo domina todo, incluyendo el amor, que no sería más que una artimaña de la especie para perseguir su propagación. “Es desesperante, y es mejor así”, concluye Nietzsche, porque lo que está del otro lado es el enemigo mayor: la moral cristiana de cada época. La de Nietzsche es una vida en reacción, que despierta el ciclo de la desaprobación: una clase con dos alumnos, un libro con tres lectores, la condena al uso de la filología con fines contemporáneos, su carácter demasiado lírico. Y este libro es la contracara de los cómics facilitadores de teoría, del tipo “Cómo entender a…”, no por falta de claridad sino por su constante búsqueda de la belleza en texto y paisajes; sus viñetas jamás son parasitarias sino que componen una nuclear biografía elíptica o fragmentos de biografía, con vocación de estímulo a futuras pesquisas antes que de completar sentido sobre el autor. No casualmente Onfray es uno de los mayores especialistas vivos en la teoría nietzscheana: lo demuestra en la elección de las citas célebres que aquí retoman un vigor menos panfletario al ser puestas en boca del personaje. “¿Qué puedes esperar del Cristianismo, esa enfermedad?”. Y, pequeña, al margen, con una amanerada tipografía de la época, la frase insignia: “Cualquier idealismo me es ajeno”.

Los paisajes (Bonn, Venecia, Génova, Basilea) nunca son realistas; acompañan el estado de ánimo del Nietzsche que renuncia a la música –por ejemplo– cuando dejó de ver a Wagner. El filósofo se enfrenta al abismo: un ser atado a objetivos mezquinos, a satisfacciones leves y regulares, al trabajo como obstáculo en el desarrollo de la razón, los deseos y el ansia de independencia. Entonces, concluye en la vejez (37 años), recluido en Suiza: “Cuanto menos posees, menos te poseen”. Y el clímax: la aparición de Zaratustra, profeta del eterno retorno que enseña a transfigurar valores, a invertir la moral del Cristianismo y a pensar más allá del Bien y del Mal. Eso significa “crearse libertad” (la línea que completa el título), o “ser experiencia” para que se desplieguen nuevas virtudes.

Impacta, en las páginas de este libro, el juego de claroscuros y el manejo de las sombras que propone Le Roy, haciendo cambiar, al correr de las páginas, la luz de las distintas estaciones y de las horas del día. Y subyuga la consistencia con la que se describe al personaje, como un autor en contra del sentido de su tiempo, con sólo silencio tras la edición de “Así habló Zaratustra”, destinatario de comentarios de editor mediocre: “Ríndase ante la evidencia, los editores no somos filántropos”. ¿Cuánta verdad puede tolerar el hombre?, se pregunta Nietzsche en un fragmento de esta biografía. La respuesta llega en Turín, en 1889, con la locura. “Yo fui Voltaire y Napoleón”, dice y escucha: “Acompáñeme, señor”, del policía de turno. Una vez más, cambia felicidad por verdad. Como trasfondo, rige una idea de la vida: una biografía como un patchwork, nunca un recorrido lineal. Sobre el final, los tonos se van volviendo grises; ya cuesta detectar dónde comienza la figura humana y cuándo termina el fondo oscuro. Concluye el ciclo infame con la irrupción de la hermana (esa figura del miserabilismo) y, entonces, Onfray denuncia el ciclo vicioso de la literatura: el protagonismo del albacea, la apropiación, la desfiguración de la obra monumental con miras a la construcción de un mito y el desarrollo de un negocio. El cierre es un flashback a 1878, con Nietzsche enunciando ante su, por entonces, enamorada Lou Andreas Salomé un pedido que no sería respetado: “Que me entierren sin mentiras…, que no suelte ningún cura un sermoncillo”.

 

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Nietzsche-Michel-Onfray-Maximilien-Le-Roy_0_1194480579.html 

La máquina de matar: El Che Guevara, de agitador comunista a marca capitalista / Álvaro Vargas Llosa

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Alvaro Vargas Llosa
The New Republic

El Che Guevara, quien hizo tanto (¿o tan poco?) por destruir al capitalismo, es en la actualidad la quintaesencia de una marca capitalista. Su semblante adorna jarros de café, caperuzas, encendedores, llaveros, billeteras, gorras de béisbol, tocados, bandadas, musculosas, camisetas deportivas, carteras finas, jeans de denim, té de hierbas, y por supuesto esas omnipresentes remeras con la fotografía, tomada por Alberto Korda, del galán socialista luciendo su boina durante los primeros años de la revolución, en el instante en que el Che de casualidad se introdujo en el visor del fotógrafo—y en la imagen que, treinta y ocho años después de su muerte, constituye aún el logotipo del revolucionario (¿o del capitalista?) “chic”. Sean O””Hagan sostuvo en The Observer que existe incluso un jabón en polvo con el eslogan “El Che lava más blanco.”

Los productos del Che son comercializados por grandes corporaciones y por pequeñas empresas, tales como la Burlington Coat Factory, la cual difundió un comercial televisivo presentando a un joven en pantalones de fajina luciendo una remera del Che, o la Flamingo””s Boutique en Union City, Nueva Jersey, cuyo propietario respondió a la furia de los exiliados cubanos locales con este argumento devastador: “Yo vendo lo que la gente desea comprar.” Los revolucionarios también se unieron a este frenesí de productos—desde “The Che Store”, que vende provisiones, hasta el sitio que atiende “todas sus necesidades revolucionarias” en Internet, y el escritor italiano Gianni Minà, quien le vendió a Robert Redford los derechos cinematográficos del diario del Che sobre su juvenil viaje alrededor de América del Sur en el año 1952 a cambio de poder acceder al rodaje del film Diarios de Motocicleta y de que Minà pudiese producir su propio documental. Para no mencionar a Alberto Granado, quien acompañó al Che en su viaje de juventud y ahora asesora documentalistas, y que se quejaba hace poco en Madrid, según el diario El País, ante un Rioja y un magret de pato, de que el embargo estadounidense contra Cuba le dificulta el cobro de las regalías. Para llevar a la ironía más lejos: el edificio en el cual nació Guevara en la ciudad de Rosario, Argentina, un espléndido inmueble de comienzos del siglo veinte sito en la esquina de las calles Urquiza y Entre Ríos, se encontraba hasta hace poco ocupado por la administradora de fondos de jubilaciones y pensiones privada Máxima AFJP, una hija de la privatización de la seguridad social argentina en la década de 1990.

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La metamorfosis del Che Guevara en una marca capitalista no es nueva, pero la marca viene experimentando un renacimiento—un renacimiento especialmente destacable, dado que el mismo tiene lugar años después del colapso político e ideológico de todo lo que Guevara representaba. Esta suerte inesperada se debe sustancialmente a Diarios de Motocicleta, la película producida por Robert Redford y dirigida por Walter Salles. (Es una de las tres películas más importantes sobre el Che ya realizadas o actualmente en rodaje en los últimos dos años; las otras dos han sido dirigidas por Josh Evans y Steven Soderbergh.) Hermosamente rodada en paisajes que claramente han eludido los efectos erosivos de la polución capitalista, el film exhibe al joven en un viaje de auto-descubrimiento a medida que su conciencia social en ciernes tropieza con la explotación social y económica, lo que va preparando el terreno para la reinvención del hombre a quien Sartre llamara alguna vez el ser humano más completo de nuestra era.

Pero para ser más preciso, el actual renacimiento del Che se inició en 1997, en el trigésimo aniversario de su muerte, cuando cinco biografías abrumaron las librerías y sus restos fueron descubiertos cerca de una pista de aterrizaje en el aeropuerto de Vallegrande, en Bolivia, después de que un general boliviano retirado, en una revelación espectacularmente oportuna, indicara la ubicación exacta. El aniversario volvió a centrar la atención en la famosa fotografía de Freddy Alborta del cadáver del Che tendido sobre una mesa, escorzado, muerto y romántico, luciendo como Cristo en un cuadro de Mantegna.

Es usual que los seguidores de un culto no conozcan la verdadera historia de su héroe. (Muchos rastafaris renunciarían a Haile Selassie si tuviesen alguna idea de quien fue en realidad.) No sorprende que los seguidores contemporáneos de Guevara, sus nuevos admiradores post-comunistas, también se engañen a sí mismos al aferrarse a un mito—excepto los jóvenes argentinos que corean una expresión de rima perfecta: “Tengo una remera del Che y no sé por qué.

Considérese a algunos de los individuos que recientemente han blandido o invocado el retrato de Guevara como un emblema de justicia y rebelión contra el abuso de poder. En el Líbano, unos manifestantes que protestaban en contra de Siria ante la tumba del ex primer ministro Rafiq Hariri portaban la imagen del Che. Thierry Henry, un jugador de fútbol francés que juega para el Arsenal, en Inglaterra, se apareció en una importante velada de gala organizada por la FIFA, el organismo del fútbol mundial, vistiendo una remera roja y negra del Che. En una reciente reseña publicada en The New York Times sobre Land of the Dead de George A. Romero, Manohla Dargis destacaba que “el mayor impacto aquí puede ser el de la transformación de un zombi negro en un virtuoso líder revolucionario,” y agregó: “Creo que el Che en verdad vive, después de todo.”

El héroe del fútbol Maradona ostentó el emblemático tatuaje del Che en su brazo derecho durante un viaje en el que se reunió con Hugo Chávez en Venezuela. En Stavropol, al sur de Rusia, unos manifestantes que reclamaban los pagos en efectivo de los beneficios del bienestar social tomaron la plaza central con banderas del Che. En San Francisco, City Lights Books, el legendario hogar de la literatura beat, invita a los visitantes a una sección dedicada a América Latina en la cual la mitad de los estantes se encuentra ocupada por libros del Che. José Luis Montoya, un oficial de policía mexicano que combate el crimen relacionado con las drogas en Mexicali luce una vincha del Che porque ella lo hace sentirse más fuerte. En el campo de refugiados de Dheisheh, en la margen occidental del río Jordán, los afiches del Che adornan un muro que le rinde tributo a la Intifada. Una revista dominical dedicada a la vida social en Sydney, Australia, enumera a los tres invitados ideales en una cena: Alvar Aalto, Richard Branson, y el Che Guevara. Leung Kwok-hung, el rebelde elegido a la junta legislativa de Hong Kong, desafía a Beijing al vestir una remera del Che. En Brasil, Frei Betto, consejero del Presidente Lula da Silva y encargado del programa de alto perfil “Hambre Cero,” afirma que “deberíamos prestarle menos atención a Trotsky y mucha más al Che Guevara.” Y lo más estupendo de todo, en la ceremonia de este año de los Premios de la Academia, Carlos Santana y Antonio Banderas interpretaron la canción principal del film Diarios de Motocicleta: Santana se presentó luciendo una remera del Che y un crucifijo. Las manifestaciones del nuevo culto del Che están por todas partes. Una vez más el mito está apasionando a individuos cuyas causas en su mayor parte representan exactamente lo opuesto de lo que era Guevara.

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Ningún hombre carece de algunas cualidades atenuantes. En el caso del Che Guevara, esas cualidades pueden ayudarnos a medir el abismo que separa a la realidad del mito. Su honestidad (quiero decir: honestidad parcial) significa que dejó testimonio escrito de sus crueldades, incluido lo muy malo, aunque no lo peor. Su coraje—que Castro describió como “su manera, en los momentos difíciles y peligrosos, de hacer las cosas más difíciles y peligrosas”—significa que no vivió para asumir la plena responsabilidad por el infierno de Cuba. El mito puede decir tanto acerca de una época como la verdad. Y es así que gracias a los propios testimonios que el Che brinda de sus pensamientos y de sus actos, y gracias también a su prematura desaparición, podemos saber exactamente cuan engañados están muchos de nuestros contemporáneos respecto de muchas cosas.

Guevara puede haberse enamorado de su propia muerte, pero estaba mucho más enamorado de la muerte ajena. En abril de 1967, hablando por experiencia, resumió su idea homicida de la justicia en su “Mensaje a la Tricontinental”: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Sus primeros escritos se encuentran también sazonados con esta violencia retórica e ideológica. A pesar de que su ex novia Chichina Ferreyra duda de que la versión original de los diarios de su viaje en motocicleta contenga la observación de “siento que mis orificios nasales se dilatan al saborear el amargo olor de la pólvora y de la sangre del enemigo,” Guevara compartió con Granado en esa temprana edad esta exclamación: “¿Revolución sin disparar un tiro? Estás loco.” En otras ocasiones el joven bohemio parecía incapaz de distinguir entre la frivolidad de la muerte como un espectáculo y la tragedia de las victimas de una revolución. En una carta a su madre en 1954, escrita en Guatemala, donde fue testigo del derrocamiento del gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, escribió: “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”.

La disposición de Guevara cuando viajaba con Castro desde México a Cuba a bordo del Granma es capturada en una frase de una carta a su esposa que redactó el 28 de enero de 1957, no mucho después de desembarcar, publicada en su libro Ernesto: Una Biografía del Che Guevara en Sierra Maestra: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”. Esta mentalidad había sido reforzada por su convicción de que Arbenz había perdido el poder debido a que había fallado en ejecutar a sus potenciales enemigos. En una carta anterior a su ex novia Tita Infante había observado que “Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes”. No sorprende que durante la lucha armada contra Batista, y luego tras el ingreso triunfal en La Habana, Guevara asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios sumarios de muchísimas personas—enemigos probados, meros sospechados y aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

En enero de 1957, tal como lo indica su diario desde la Sierra Maestra, Guevara le disparó a Eutimio Guerra porque sospechaba que aquel se encontraba pasando información: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola del calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal derecho…sus pertenencias pasaron a mi poder”. Más tarde mató a tiros a Aristidio, un campesino que expresó el deseo de irse cuando los rebeldes siguieran su camino. Mientras se preguntaba si esta victima en particular “era en verdad lo suficientemente culpable como para merecer la muerte,” no vaciló en ordenar la muerte de Echevarría, el hermano de uno de sus camaradas, en razón de crímenes no especificados: “Tenía que pagar el precio.” En otros momentos simularía ejecuciones sin llevarlas a cabo, como un método de tortura psicológica.

Luis Guardia y Pedro Corzo, dos investigadores que se encuentran trabajando en Florida en un documental sobre Guevara, han obtenido el testimonio de Jaime Costa Vázquez, un ex comandante del ejército revolucionario conocido como “El Catalán,” quien sostiene que muchas de las ejecuciones atribuidas a Ramiro Valdés (futuro ministro del interior de Cuba) fueron responsabilidad directa de Guevara, debido a que Valdés se encontraba bajo sus ordenes en las montañas. “Ante la duda, mátalo” fueron las instrucciones del Che. En vísperas de la victoria, según Costa, el Che ordenó la ejecución de un par de docenas de personas en Santa Clara, en Cuba central, hacia donde había marchado su columna como parte de un asalto final contra la isla. Algunos de ellos fueron muertos en un hotel, como ha escrito Marcelo Fernándes-Zayas, otro ex revolucionario que después se convertiría en periodista (agregando que entre los ejecutados había campesinos conocidos como casquitos que se habían unido al ejército simplemente para escapar del desempleo).

Pero la “fría máquina de matar” no dio muestra de todo su rigor hasta que, inmediatamente después del colapso del régimen de Batista, Castro lo pusiera a cargo de la prisión de La Cabaña. (Castro tenía un buen ojo clínico para escoger a la persona perfecta para proteger a la revolución contra la infección.) San Carlos de La Cabaña es una fortaleza de piedra que fue utilizada para defender a La Habana contra los piratas ingleses en el siglo dieciocho; más tarde se convirtió en un cuartel militar. De una manera que evoca al escalofriante Lavrenti Beria, Guevara presidió durante la primera mitad de 1959 uno de los periodos más oscuros de la revolución. José Vilasuso, abogado y profesor en la Universidad Interamericana de Bayamón en Puerto Rico, quien pertenecía al grupo encargado del proceso judicial sumario en La Cabaña, me dijo recientemente que

“El Che dirigió la Comisión Depuradora. El proceso se regía por la ley de la sierra: tribunal militar de hecho y no jurídico, y el Che nos recomendaba guiarnos por la convicción. Esto es: “Sabemos que todos son unos asesinos, luego proceder radicalmente es lo revolucionario”. Miguel Duque Estrada era mi jefe inmediato. Mi función era de instructor. Es decir legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal, sin juicio propio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo de madrugada, poco después de dictar sentencia y declarar sin lugar (de oficio) la apelación. La noche más siniestra que recuerdo se ejecutaron siete hombres”.

Javier Arzuaga, el capellán vasco que les brindaba consuelo a aquellos condenados a morir y que presenció personalmente docenas de ejecuciones, habló conmigo recientemente desde su casa en Puerto Rico. Ex sacerdote católico de setenta y cinco años de edad, quien se describe como “más cercano a Leonardo Boff y a la Teología de la Liberación que al ex cardenal Cardinal Ratzinger,” Arzuaga recuerda que

“La cárcel de La Cabaña se mantuvo llena a rebosar. Sobre 800 hombres hacinados en un espacio pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos de la policía, algunos “chivatos”, periodistas, empresarios o comerciantes. El juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en esas vistas. Todos los días yo visitaba la “galera de la muerte”, donde permanecían los prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara dio orden de que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Yo asistí a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo de la justicia. Lo llamábamos “el carnicero” porque gozaba gritando “pelotón, atención, preparen, apunten, fuego”. Conversé varias veces con el Che con el fin de interceder por determinadas personas. Recuerdo muy bien el caso de Ariel Lima que era menor de edad, pero fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones con igual propósito. Sufrí un trauma. A finales de mayo me sentía mal y se me recomendó abandonar la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y que yo había atendido en los últimos tres años. Me fui a México para un tratamiento. Cuando nos despedíamos, el Che Guevara me dijo que nos habíamos llevado bien, tratando los dos de sacar el otro de su campo para atraerlo al de uno. “Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las caretas que hemos llevado puestas, seremos enemigos frente a frente”.

¿Cuánta gente fue asesinada en La Cabaña? Pedro Corzo ofrece una cifra de unos doscientos, similar a la proporcionada por Armando Lago, un profesor de economía retirado que ha compilado una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años sobre las ejecuciones en Cuba. Vilasuso me dijo que cuatrocientas personas fueron ejecutadas entre el mes de enero y fines de junio de 1959 (fecha en el que el Che dejó de estar a cargo de La Cabaña). Los cables secretos enviados por la Embajada de los Estados Unidos en La Habana al Departamento de Estado en Washington hablan de “más de 500.” Según Jorge Castañeda, uno de los biógrafos de Guevara, un católico vasco simpatizante de la revolución, el fallecido Padre Iñaki de Aspiazú, hablaba de setecientas victimas. Félix Rodríguez, un agente de la CIA quien fue parte del equipo a cargo de la captura de Guevara en Bolivia, me dijo que él encaró al Che después de su captura respecto de “las dos mil y pico” ejecuciones por las que fue responsable durante su vida. “Dijo que todos eran agentes de la CIA y no se refirió a la cifra,” recuerda Rodríguez. Las cifras más altas pueden incluir ejecuciones que tuvieron lugar en los meses posteriores a la fecha en que el Che dejó de estar a cargo de la prisión.

Lo cual nos trae de regreso a Carlos Santana y a su elegante indumentaria del Che. En una carta abierta publicada en El Nuevo Herald el 31 de marzo de este año, el gran músico de jazz Paquito D””Rivera reprochó a Santana su vestuario en la ceremonia de los Premios Oscar, y agregó: “Uno de esos cubanos fue mi primo Bebo, preso allí precisamente por ser cristiano. El me cuenta siempre con amargura cómo escuchaba desde su celda en la madrugada los fusilamientos sin juicio de mucho que morían gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

El ansia de poder del Che tenía otras maneras de expresarse además del asesinato. La contradicción entre su pasión por viajar—una especie de protesta contra las limitaciones del estado-nación—y su impulso por convertirse en un estado esclavizante en relación a otras personas es patético. Al escribir acerca de Pedro Valdivia, el conquistador de Chile, Guevara reflexionaba: “Pertenecía a esa clase especial de hombres a los que la especie produce de vez en cuando, en quienes un anhelo por el poder ilimitado es tan extremo que cualquier sufrimiento para lograrlo parece natural.” Podría haber estado describiéndose así mismo. En cada etapa de su vida adulta, sus megalomanía se manifestaba en el impulso depredador por apoderarse de las vidas y de la propiedad de otras personas, y de abolir su libre voluntad.

En 1958, después de tomar la ciudad de Sancti Spiritus, Guevara intento sin éxito imponer una especie de sharia, regulando las relaciones entre los hombres y las mujeres, el uso del alcohol, y el juego informal—un puritanismo que no caracterizaba precisamente su propia forma de vida. Les ordenó también a sus hombres que asaltaran bancos, una decisión que justificó en una carta a Enrique Oltuski, un subordinado, en noviembre de ese año: “Las masas que luchan están de acuerdo con asaltar a los bancos porque ninguno de ellos tiene un centavo en los mismos.” Esta idea de la revolución como una licencia para reasignar la propiedad según le conviniese condujo al puritano marxista a apoderarse de la mansión de un emigrante tras el triunfo de la revolución.

El impulso de desposeer a los demás de su propiedad y de reclamar la propiedad del territorio de otros fue central a la política opresiva de Guevara. En sus memorias, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser cuenta que Guevara le preguntó cuántas personas habían abandonado su país debido a la reforma agraria. Cuando Nasser replicó que ninguna, el Che contestó enojado que la manera de medir la profundidad del cambio es a través del número de individuos “que sienten que no hay lugar para ellos en la nueva sociedad.” Este instinto depredador alcanzó un apoteosis en 1965, cuando empezó a hablar, como Dios, acerca del “Hombre Nuevo” que él y su revolución crearían.

La obsesión del Che con el control colectivista lo llevó a colaborar en la formación del aparato de seguridad que fue establecido para subyugar a seis millones y medio de cubanos. A comienzos de 1959, una serie de reuniones secretas tuvo lugar en Tarará, cerca de La Habana, en la mansión a la cual el Che temporalmente se retiró para recuperarse de una enfermedad. Allí fue donde los líderes principales, incluido Castro, diseñaron al estado policíaco cubano. Ramiro Valdés, subordinado del Che durante la guerra de guerrillas, fue puesto al mando del G-2, un cuerpo inspirado en la Cheka. Angel Ciutah, un veterano de la Guerra Civil española enviado por los soviéticos que había estado muy cerca de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, y que más tarde entablaría amistad con el Che, desempeñó un papel fundamental en la organización del sistema, junto con Luis Alberto Lavandeira, quien había servido al jefe en La Cabaña. El propio Guevara se hizo cargo del G-6, el grupo al que se le encomendó el adoctrinamiento ideológico de las fuerzas armadas. La invasión respaldada por los EE.UU. de Bahía de Cochinos en abril de 1961 se convirtió en la ocasión perfecta para consolidar al nuevo estado policíaco, con el acorralamiento de decenas de miles de cubanos y una nueva serie de ejecuciones. Como el mismo Guevara le expresó al embajador soviético Sergei Kudriavtsev, los contrarrevolucionarios nunca “volverían a levantar su cabeza.”

“Contrarrevolucionario” es el término que se le aplicaba a cualquiera que se apartara del dogma. Era el equivalente comunista de “hereje.” Los campos de concentración eran una forma en la cual el poder dogmático era empleado para suprimir el disenso. La historia le atribuye al general español Valeriano Weyler, el capitán general de Cuba a finales del siglo diecinueve, haber empleado por vez primera a la palabra “concentración” para describir la política de cercar a las masas de potenciales opositores—en su caso a los simpatizantes del movimiento independentista cubano—con alambre de púas y empalizadas. Qué irónico (y apropiado) que los revolucionarios de Cuba más de medio siglo después continuasen con esta tradición local. Al principio, la revolución movilizó a voluntarios para construir escuelas y para trabajar en los puertos, plantaciones, y fábricas—todas ellas exquisitas oportunidades fotográficas para el Che el estibador, el Che el cortador de caña, el Che el fabricante de telas. No pasó mucho tiempo antes de que el trabajo voluntario se volviese un poco menos voluntario: el primer campamento de trabajos forzados, Guanahacabibes, fue establecido en Cuba occidental hacia el final de 1960. Así es como el Che explicaba la función desempeñada por este método de confinamiento: “A Guanahacabibes se manda a la gente que no debe ir a la cárcel , la gente que ha cometido faltas a la moral revolucionaria de mayor o menor grado…es trabajo duro, no trabajo bestial”.

Este campamento fue el precursor del confinamiento sistemático, a partir de 1965 en la provincia de Camagüey, de disidentes, homosexuales, victimas del SIDA, católicos, Testigos de Jehová, sacerdotes afro-cubanos, y otras escorias por el estilo, bajo la bandera de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Hacinados en autobuses y camiones, los “desadaptados” serían transportados a punta de pistola a los campos de concentración organizados sobre la base del modelo de Guanahacabibes. Algunos nunca regresarían; otros serían violados, golpeados, o mutilados; y la mayoría quedarían traumatizados de por vida, como el sobrecogedor documental de Néstor Almendros Conducta Impropia se lo mostrara al mundo un par de décadas atrás.

De esta manera, la revista Time parece haber errado en agosto de 1960 cuando describió a la división del trabajo de la revolución con una nota de tapa presentando al Che Guevara como el “cerebro,” a Fidel Castro como el “corazón” y a Raúl Castro como el “puño.” Pero la percepción revelaba el papel crucial de Guevara en hacer de Cuba un bastión del totalitarismo. El Che era de alguna manera un candidato improbable para la pureza ideológica, dado su espíritu bohemio, pero durante los años de entrenamiento en México y en el periodo resultante de la lucha armada en Cuba emergió como el ideólogo comunista locamente enamorado de la Unión Soviética, en gran medida para molestia de Castro y de otros que eran esencialmente oportunistas dispuestos a utilizar cualquier medio necesario para ganar poder. Cuando los aspirantes a revolucionarios fueron arrestados en México en 1956, Guevara fue el único que admitió que era un comunista y que estaba estudiando ruso. (Habló abiertamente de su relación con Nikolai Leonov de la Embajada Soviética.) Durante la lucha armada en Cuba, forjó una férrea alianza con el Partido Socialista Popular (el partido comunista de la isla) y con Carlos Rafael Rodríguez, un jugador importante en la conversión del régimen de Castro al comunismo.

Esta fanática disposición convirtió al Che en una parte esencial de la “sovietización” de la revolución que se había jactado reiteradamente de su carácter independiente. Muy poco después de que los barbudos llegaran al poder, Guevara participó de negociaciones con Anastas Mikoyan, el vice primer ministro soviético, quien visitó Cuba. Le fue confiada la misión de promover las negociaciones soviético-cubanas durante una visita a Moscú a finales de 1960. (La misma fue parte de un largo viaje en el cual la Corea del Norte de Kim Il Sung fue el país que “más” le impresionó.) El segundo viaje a Rusia de Guevara, en agosto de 1962, fue aún más significativo, en razón de que el mismo selló el acuerdo para convertir a Cuba en una cabeza de playa nuclear soviética. Se reunió con Khrushchev en Yalta para finalizar los detalles sobre una operación que ya se había iniciado y que involucraba la introducción en la isla de cuarenta y dos misiles soviéticos, la mitad de los cuales estaban armados con ojivas nucleares, así como también lanzadores y unos cuarenta y dos mil soldados. Tras presionar a sus aliados soviéticos sobre el peligro de que los Estados Unidos pudiesen descubrir lo que estaba aconteciendo, Guevara obtuvo garantías de que la marina soviética intervendría—en otras palabras, de que Moscú estaba preparada para ir a la guerra.

Según la biografía de Guevara de Philippe Gavi, el revolucionario había alardeado que “su país se encuentra deseoso de arriesgarlo todo en una guerra atómica de inimaginable capacidad destructiva para defender un principio.” Apenas después de finalizada la crisis de los misiles cubanos—cuando Khrushchev renegó de la promesa hecha en Yalta y negoció un acuerdo con los Estados Unidos a espaldas de Castro que incluía la remoción de los misiles estadounidenses de Turquía—Guevara dijo a un periódico comunista británico: “Si los cohetes hubiesen permanecido, los hubiésemos utilizado a todos y dirigido contra el mismo corazón de los Estados Unidos, incluida Nueva York, en nuestra defensa contra la agresión.” Y un par de años más tarde, en las Naciones Unidas, fue leal a las formas: “Como marxistas hemos sostenido que la coexistencia pacífica entre las naciones no incluye a la coexistencia entre los explotadores y el explotado.”

Guevara se distanció de la Unión Soviética en los últimos años de su vida. Lo hizo por las razones equivocadas, culpando a Moscú por ser demasiado blando ideológica y diplomáticamente, y hacer demasiadas concesiones—a diferencia de la China maoísta, a la cual llegó a ver como un refugio de la ortodoxia. En octubre de 1964, un memo escrito por Oleg Daroussenkov, un funcionario soviético cercano a él, cita a Guevara diciendo: “Les pedimos armas a los checoslovacos; y nos rechazaron. Luego se las pedimos a los chinos; dijeron que sí en pocos días, y ni siquiera nos cobraron, declarando que uno no le vende armas a un amigo.” En realidad, Guevara se resintió por el hecho de que Moscú le estaba solicitando a otros miembros del bloque comunista, incluida Cuba, algo a cambio de su colosal ayuda y de su apoyo político. Su ataque final contra Moscú llegó en Argelia, en febrero de 1965, en una conferencia internacional en la que acusó a los soviéticos de adoptar la “ley del valor,” es decir, el capitalismo. Su ruptura con los soviéticos, en síntesis, no fue un grito en favor de la independencia. Fue un alarido al estilo de Enver Hoxha en aras de la total subordinación de la realidad a la ciega ortodoxia ideológica.

El gran revolucionario tuvo una oportunidad de poner en práctica su visión económica—su idea de la justicia social—como director del Banco Nacional de Cuba y del Departamento de Industria del Instituto Nacional de la Reforma Agraria a fines de 1959, y, desde principios de 1961, como ministro de industria. El periodo en el cual Guevara estuvo a cargo de la mayor parte de la economía cubana atestiguó el cuasi colapso de la producción de azúcar, el fracaso de la industrialización y la introducción del racionamiento—todo esto en el que había sido uno de los cuatros países económicamente más exitosos de América Latina desde antes de la dictadura de Batista.

Su tarea como director del Banco Nacional, durante la cual imprimió billetes que llevaban la firma “Che,” ha sido sintetizada por su asistente, Ernesto Betancourt: “Encontré en el Che una ignorancia absoluta de los principios más elementales de la economía”. Los poderes de percepción de Guevara respecto de la economía mundial fueron muy bien expresados en 1961, durante una conferencia hemisférica celebrada en Uruguay, donde predijo una tasa de crecimiento para Cuba del 10 por ciento “sin el menor temor,” y, para 1980, un ingreso per capita mayor que el de “los EE.UU. en la actualidad.” En verdad, hacia 1997, el trigésimo aniversario de su muerte, los cubanos se encontraban bajo una dieta consistente en una ración de cinco libras de arroz y una libra de frijoles por mes; cuatro onzas de carne dos veces al año; cuatro onzas de pasta de soja por semana; y cuatro huevos por mes.

La reforma agraria le quitó tierra al rico, pero se la dio a los burócratas, no a los campesinos. (El decreto fue redactado en la casa del Che.) En el nombre de la diversificación, el área cultivada fue reducida y la mano de obra disponible distraída hacia otras actividades. El resultado fue que entre 1961 y 1963, la cosecha se redujo a la mitad: apenas unos 3,8 millones de toneladas métricas. ¿Se justificaba este sacrificio por el fomento de la industrialización cubana? Desdichadamente, Cuba carecía de materias primas para la industria pesada, y, como una consecuencia de la redistribución revolucionaria, no contaba con una moneda sólida con la cual adquirirlas—o incluso adquirir los productos básicos. Para 1961, Guevara estaba teniendo que dar explicaciones embarazosas a los trabajadores en la oficina: “Nuestros camaradas técnicos en las compañías han producido una pasta dental… tan buena como la anterior; limpia exactamente lo mismo, a pesar de que después de un tiempo se vuelve una piedra.” Para 1963, todas las esperanzas de industrializar a Cuba fueron abandonadas, y la revolución aceptó su rol de proveedora colonial de azúcar al bloque soviético a cambio de petróleo para cubrir sus necesidades y para revenderlo a otros países. Durante las tres décadas siguientes, Cuba sobreviviría en base a un subsidio soviético de más o menos entre $65 mil millones y $100 mil millones.

Habiendo fracasado como héroe de la justicia social, ¿merece Guevara un lugar en los libros de historia como un genio de la guerra de guerrillas? Su mayor logro militar en la lucha contra Batista—la toma de la ciudad de Santa Clara después de emboscar un tren con pesados refuerzos—es seriamente cuestionado. Numerosos testimonios indican que el conductor del tren se rindió de antemano, acaso tras aceptar sobornos. (Gutiérrez Menoyo, quien dirigía un grupo guerrillero diferente en esa área, está entre aquellos que han criticado la historia oficial de Cuba sobre la victoria de Guevara.) Inmediatamente después del triunfo de la revolución, Guevara organizó ejércitos guerrilleros en Nicaragua, la República Dominicana, Panamá, y Haití—todos los cuales fueron aplastados. En 1964, envió al revolucionario argentino Jorge Ricardo Masetti a su muerte al persuadirlo de que montase un ataque contra su país natal desde Bolivia, justo después de que la democracia representativa había sido restablecida en la Argentina.

Particularmente desastrosa fue la expedición al Congo en 1965. Guevara se alió con dos rebeldes—Pierre Mulele en el oeste y Laurent Kabila en el este—contra el desagradable gobierno congoleño, el cual era sostenido por los Estados Unidos, por mercenarios sudafricanos y exiliados cubanos. Mulele había tomado posesión de Stanleyville antes de ser repelido. Durante su reinado de terror, tal como lo ha escrito V.S. Naipaul, asesinó a todos aquellos que podían leer y a todos los que vestían una corbata. Respecto del otro aliado de Guevara, Laurent Kabila, se trataba meramente de un perezoso y un corrupto por aquel entonces; pero el mundo descubriría en los años 90 que también él era una máquina de matar. En cualquier caso, Guevara se pasó gran parte de 1965 ayudando a los rebeldes en el este antes de abandonar el país de manera ignominiosa. Poco tiempo después, Mobutu llegó al poder e instaló una tiranía de décadas. (En los países latinoamericanos, de Argentina al Perú, las revoluciones inspiradas en el Che tuvieron el mismo resultado practico de reforzar el militarismo brutal durante muchos años.)

En Bolivia, el Che fue nuevamente derrotado, y por última vez. Malinterpretó la situación local. Una reforma agraria había tenido lugar unos años antes; el gobierno había respetado muchas de las instituciones de las comunidades campesinas; y el ejército era cercano a los Estados Unidos a pesar de su nacionalismo. “Las masas campesinas no nos ayudan en absoluto” fue la melancólica conclusión de Guevara en su diario boliviano. Aún peor, Mario Monje, el líder comunista local, quien no tenía estómago para una guerra de guerrillas tras haber sido humillado en los comicios, condujo a Guevara hacia una ubicación vulnerable en el sudeste del país. Las circunstancias de la captura del Che en la quebrada del Yuro, poco después de reunirse con el intelectual francés Régis Debray y el pintor argentino Ciro Bustos, ambos arrestados cuando abandonaban el campamento, fueron, como gran parte de la expedición boliviana, cosa de aficionados.

Guevara fue ciertamente audaz y corajudo, y rápido para organizar la vida en base a principios militares en los territorios bajo su control, pero no era un General Giap. Su libro La Guerra de Guerrillas enseña que las fuerzas populares pueden vencer a un ejército, que no es necesario aguardar a que se den las condiciones necesarias ya que un foco insurreccional puede provocarlos, y que el combate debe tener lugar principalmente en el campo. (En su receta para la guerra de guerrillas, reserva también para las mujeres el rol de cocineras y enfermeras.) Sin embargo, el ejército de Batista no era un ejército sino un corrupto manojo de matones carente de motivación y sin mucha organización; los focos guerrilleros, con la excepción de Nicaragua, terminaron todos en cenizas para los foquistas, y América Latina se ha vuelto urbana en un 70 por ciento en estas últimas cuatro décadas. Al respecto, también, el Che Guevara fue un cruel alucinado.

En las últimas décadas del siglo diecinueve, Argentina tenía la segunda tasa de crecimiento más grande del mundo. Hacia la década de 1890, el ingreso real de los trabajadores argentinos era superior al de los trabajadores suizos, alemanes, y franceses. Para 1928, ese país ocupaba el duodécimo lugar en el mundo en cuanto a su PBI per capita. Ese logro, que las siguientes generaciones arruinarían, se debió en gran medida a Juan Bautista Alberdi.

Al igual que Guevara, a Alberdi le gustaba viajar: caminó a través de las pampas y de los desiertos de norte a sur a los catorce años de edad, rumbo a Buenos Aires. Como Guevara, Alberdi se oponía a un tirano, Juan Manuel Rosas. Igual que Guevara, Alberdi tuvo la oportunidad de influir sobre un líder revolucionario en el poder—Justo José de Urquiza, quien derrocó a Rosas en 1852. Como Guevara, Alberdi representó al nuevo gobierno en giras mundiales, y murió en el exterior. Pero a diferencia del viejo y nuevo predilecto de la izquierda, Alberdi nunca mató una mosca. Su libro, Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina, fue la base de la Constitución de 1853 que limitó el Estado, abrió el comercio, alentó la inmigración y aseguró los derechos de propiedad, inaugurando de ese modo un periodo de setenta años de asombrosa prosperidad. No se entremetió en los asuntos de otras naciones, oponiéndose a la guerra de su país contra Paraguay. Su semblante no adorna el abdomen de Mike Tyson.

Este trabajo fue originalmente publicado en inglés por la revista The New Republicbajo el titulo de The Killing Machine: Che Guevara, from Communist Firebrand to Capitalist Brand, en sus ediciones del 11 y 18 de julio de 2005.

Traducido por Gabriel Gasave


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.

 

Créditos para: http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=1535