Venezuela Opinión / Patriarca de Travesías / Rafael Mitilo

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*Rafael Mitilo

 «Es la historia la madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir».

 Miguel de Cervantes Saavedra.

Hoy, una peligrosa -pero necesaria- autopista nos une con el centro del país. «José Antonio Páez» lleva por nombre. Fueron años esperando la gran vía, en medio de la tragedia que agobiaba la vieja ruta hacia Guanare. Con la apertura de la novísima súper carretera, continúa angustiándonos la tragedia. En Venezuela, nos negamos a entender que las vías, son tan sólo un medio que facilita el transporte y, en modo inexplicable, hacemos de una buena obra, un motivo más de zozobra y tristeza. Nos tiene sin cuidado la vida de niños, ancianos, familia y menos, aún la existencia propia. Somos, obtusos, indolentes e irracionales. No cabe otro calificativo para aquellos que, bajo efecto del alcohol u otra droga, con sueño o simplemente por placer, surcan las vías del país en franca violación de las leyes y en abierta amenaza a la libre circulación. 

Autobuses, carros de alquiler, taxis, gandolas, conductores comunes y hasta vehículos oficiales pertenecientes a toda clase de organismos e instituciones, «vuelan» sobre las autopistas, pretendiendo con ello, demostrar -no se sabe a quién- su poderío y arrogancia. Es -sin lugar a dudas- un comportamiento miserable, propio de un pueblo para el que las leyes, carecen de fortaleza institucional y queda reducida a la mera ficción de un país que no existe. En el que el orden es de papel y la realidad una tragedia usurpando lo cotidiano.     

Con nostalgia observo la vieja carretera. Abruma su soledad y mucho más el hecho de verla convertida en escenario de fechorías. Esa vía forestal, bien podría convertirse en ruta ideal para el turismo, y con ello, además de garantizar el flujo comercial de pueblos y caseríos que la circundan, aseguraría la calidad del servicio de transporte para quienes, habitan todavía los centenarios pueblos que la circundan. Pero no; lo nuestro es despilfarro y egoísmo. Despilfarro porque, con el abandono a su suerte de la vieja carretera, contribuimos al colapso de la autopista, hasta el punto que los propios moradores de los pueblos aledaños, se ven obligados a usar la nueva vía, ya que las empresas de transporte -salvo raras excepciones- se desplazan sólo sobre ésta evitando, por razones estrictamente económicas, la utilización de la vieja «Troncal 5». Si bien es cierto que la libertad de comercio busca la ganancia a través de la competencia, no es menos cierto que esa libre competencia, no puede aplicarse en detrimento de la calidad de los servicios públicos, como lo es -en este caso- el transporte. 

Lo cierto, es que aquel pintoresco paisaje, otrora contemplado al viajar desde Barinas hacia Acarigua, ya no existe más que a modo de resignada añoranza. Fue un deleite espiritual aquella travesía ecológica. Que desde las ventanillas del carro nos hacían apreciar toda clase de paisajes: fincas sembradas de sorgo, maíz, girasoles o monumentales ejemplares de ganado pastando sobre extensas sabanas verdes. El espectacular amarillo del Araguaney, coronando los bordes del camino en clara expresión de bonanza natural. Apamates, brisa fresca, mastranto y gorjeo de pájaros, daban al campesino aquella expresión amigable conque, en el brevísimo cruzar de nuestro viaje, nos saludaba. 

Barrancas, con sus casas de puertas innumerables, nos hablaba de la proximidad de Barinas o, al contrario: «buen viaje». Antes; «Los Guasimitos», «San José Obrero», «La Yuca», cada uno con sus ríos, sus ventas de viajero, sus plazas. Al cruzar el límite, fascinaba el paisaje portugueseño. Boconoíto, Sipororo, Tucupido, La Aparición, Las Matas, entre otros. Todo eso desapareció. Recorrer a veces la solitaria vía, es empeñarse en no aceptar esta realidad inexplicablemente absurda. Es evidente el deterioro por la ausencia de usuarios y la falta de mantenimiento. Con la apertura de la autopista, se ignoró en absoluto al pueblo. Nada tiene que ver desarrollo con despilfarro. Con indolencia. Con falta de prevención. Con las necesidades de la gente, estos pueblos dependían de aquel camino verde y feliz. 

Despilfarro porque la antigua carretera, no debió caer jamás en desuso ante el arribo de la autopista, y, Egoísmo porque no nos interesó el destino de quienes viven al borde de la hoy desolada vía. Su transporte. Su comercio. Su seguridad. Siempre pensamos sólo en impresionar a través de lo mega. Aquella vía debió mantenerse, en las mismas condiciones en que estaba antes de la inauguración de la súper carretera. «El que venga atrás que arreé» dicen los viejos. Con esto se quiere decir: «yo resolví mi problema, los demás no me interesan». 

No es posible olvidar un solo centímetro de aquel camino que un día nos trajo hasta Barinas. Renunciar a la impresión que causara -desde sus venas- la descomunal visión primaria de aquellas montañas siempre azules y remotas. No abandonaré el deleite de extasiarme sentado en el banco de cualquier plaza de los tantos pueblos que la custodian. A la contemplación de la simple vida campesina que adorna los bordes de estructura forestal. Imposible hacerlo, porque si así sucediera, estaría borrando -insensiblemente- una parte de la historia de mi vida. Estaría borrando, sin conciencia alguna, una parte de la historia noble, ingenua y pacífica de un pueblo cuyo pasado está vinculado al trabajo, la libertad y el bien. La historia de mi pueblo. 

No dejaré de hacerlo. Así, cada vez que surja la incontenible necesidad de escribir, cada palabra contendrá la diáfana candidez del saludo campesino, el amarillo solar de los girasoles. La libertad irreformable de los pájaros cantando entre árboles milenarios. La agilidad de la codorniz asomada a la vera del camino. El brillo fugaz del zorro furtivo, robándole profundidad a la noche desde sus ojos fluorescentes. Tendrá en definitiva, el aroma del campo, macerado a fuerza de fe en la grandeza de cada pueblo, cada caserío, cada río, cada flor, cada espiga que han hecho de ese camino: -ese viejo camino -una de las arterias por entre las que circula mi sangre. Aquella que mueve mi corazón. Patriarca de travesías, durmiendo soledades de camino abuelo.

@rafaelmitilo

rafamitiloveliz@gmail.com

Créditos para: http://laprensadebarinas.com.ve/news/noticiaunica.php?id=56121

 
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