Nietzsche o el deseo de ser furiosamente libre

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El filósofo Michel Onfray y el dibujante Maximilien Le Roy proponen una biografía impresionista para uno de los grandes pensadores del siglo XIX.

 
Flamante guionista de historieta, Michel Onfray es un narrador elíptico, crucial, esencial. El año N°6 de la vida de Friedrich Nietzsche se resume en una viñeta para el dormir y otra para el despertar. El año N°7 es embotamiento. “Date prisa”, pide la madre a un niño empapado, un día de lluvia, a la vuelta del colegio. “Pero en la escuela nos han dicho que no debemos correr al volver a casa”, contesta el chico. Reprende, entonces, la madre: “Pero no cuando llueve, bobo”. Siguiente secuencia: arrobamiento hipnótico ante el piano. En 1853, la acción se desplaza a Pforta, Alemania. Pregunta de un condiscípulo: “¿Tú crees que haya alguien capaz de poner su mano en el fuego para demostrar a sus enemigos que no tiene miedo a la muerte?”. “No –dice un tercero–. Es demasiado bonito para ser cierto”. “Yo sí”, responde el niño Friedrich. La de Onfray + Le Roy es una fábula sobre el heroísmo y grandeza de espíritu, y la forma acompaña: abundan los paisajes naturales abiertos, los horizontes lejanos, un ritmo extrañado que es el del pensamiento. Aquí la teoría es puesta en acción, pura tensión dramática e intriga. El joven Nietzsche, para demostrar lo antedicho, toma el carbón y cierra el puño, hasta que un nuevo adulto normalizador sentencia otra verdad subestimante: “Mi pobre Nietzsche, tiene la cabeza hueca”. Cual psicoanalista lacaniano, Onfray corta y salta a otro clímax de sentido. Otro nodo de existencia densa: la deserción al mandato paterno-filial. “No quisiera darte un disgusto –a la madre, cortés hasta el fanatismo– pero lo he pensado bien y creo que no seré pastor. Preferiría ser compositor”. La belleza que irradian el magenta y el ocre en los tonos del otoño que imaginó Le Roy como marco para la desolación, durante la excursión-huida al bosque, corta el aliento.

Salto a Bonn, en 1868. El duelo es la síntesis del honor, el prestigio y la grandeza, en uncontinuum de existencia atravesada por símbolos. La vida, para Nietzsche, es un teatro del sentido, o una perpetua puesta en escena. Pero aquí, esa puesta no es objeto de la crítica sino sujeto de la voluntad de trascender a lo banal: fruto de lo real como voluntad y representación. En todos los casos, Onfray & Le Roy eligen la opción difícil despojando al cuadro de texto off, llevando incluso la reflexión sobre el impacto que produjo en Nietzsche el descubrimiento de Schopenhauer a globo de diálogo. Nietzsche queda deleitado, en versión de Onfray, ante la revelación de que una nueva teoría podía cambiarle la conciencia sobre su vida. Lo rige la idea de que debe sacrificar felicidad por verdad; el determinismo lo domina todo, incluyendo el amor, que no sería más que una artimaña de la especie para perseguir su propagación. “Es desesperante, y es mejor así”, concluye Nietzsche, porque lo que está del otro lado es el enemigo mayor: la moral cristiana de cada época. La de Nietzsche es una vida en reacción, que despierta el ciclo de la desaprobación: una clase con dos alumnos, un libro con tres lectores, la condena al uso de la filología con fines contemporáneos, su carácter demasiado lírico. Y este libro es la contracara de los cómics facilitadores de teoría, del tipo “Cómo entender a…”, no por falta de claridad sino por su constante búsqueda de la belleza en texto y paisajes; sus viñetas jamás son parasitarias sino que componen una nuclear biografía elíptica o fragmentos de biografía, con vocación de estímulo a futuras pesquisas antes que de completar sentido sobre el autor. No casualmente Onfray es uno de los mayores especialistas vivos en la teoría nietzscheana: lo demuestra en la elección de las citas célebres que aquí retoman un vigor menos panfletario al ser puestas en boca del personaje. “¿Qué puedes esperar del Cristianismo, esa enfermedad?”. Y, pequeña, al margen, con una amanerada tipografía de la época, la frase insignia: “Cualquier idealismo me es ajeno”.

Los paisajes (Bonn, Venecia, Génova, Basilea) nunca son realistas; acompañan el estado de ánimo del Nietzsche que renuncia a la música –por ejemplo– cuando dejó de ver a Wagner. El filósofo se enfrenta al abismo: un ser atado a objetivos mezquinos, a satisfacciones leves y regulares, al trabajo como obstáculo en el desarrollo de la razón, los deseos y el ansia de independencia. Entonces, concluye en la vejez (37 años), recluido en Suiza: “Cuanto menos posees, menos te poseen”. Y el clímax: la aparición de Zaratustra, profeta del eterno retorno que enseña a transfigurar valores, a invertir la moral del Cristianismo y a pensar más allá del Bien y del Mal. Eso significa “crearse libertad” (la línea que completa el título), o “ser experiencia” para que se desplieguen nuevas virtudes.

Impacta, en las páginas de este libro, el juego de claroscuros y el manejo de las sombras que propone Le Roy, haciendo cambiar, al correr de las páginas, la luz de las distintas estaciones y de las horas del día. Y subyuga la consistencia con la que se describe al personaje, como un autor en contra del sentido de su tiempo, con sólo silencio tras la edición de “Así habló Zaratustra”, destinatario de comentarios de editor mediocre: “Ríndase ante la evidencia, los editores no somos filántropos”. ¿Cuánta verdad puede tolerar el hombre?, se pregunta Nietzsche en un fragmento de esta biografía. La respuesta llega en Turín, en 1889, con la locura. “Yo fui Voltaire y Napoleón”, dice y escucha: “Acompáñeme, señor”, del policía de turno. Una vez más, cambia felicidad por verdad. Como trasfondo, rige una idea de la vida: una biografía como un patchwork, nunca un recorrido lineal. Sobre el final, los tonos se van volviendo grises; ya cuesta detectar dónde comienza la figura humana y cuándo termina el fondo oscuro. Concluye el ciclo infame con la irrupción de la hermana (esa figura del miserabilismo) y, entonces, Onfray denuncia el ciclo vicioso de la literatura: el protagonismo del albacea, la apropiación, la desfiguración de la obra monumental con miras a la construcción de un mito y el desarrollo de un negocio. El cierre es un flashback a 1878, con Nietzsche enunciando ante su, por entonces, enamorada Lou Andreas Salomé un pedido que no sería respetado: “Que me entierren sin mentiras…, que no suelte ningún cura un sermoncillo”.

 

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Nietzsche-Michel-Onfray-Maximilien-Le-Roy_0_1194480579.html 

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