Sobre las trampas de lo positivo / Federico Vegas

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Sobre las trampas de lo positivo por Federico Vegas 640

Un sábado en la mañana compré La fiesta del chivo y me metí en un sofá de tres puestos del cual vine a salir el domingo en la tarde. La novela me sumió sin piedad en una letal mezcla de sed con retención de líquido; o dicho en cristiano: no me paré ni a mear y terminé con una prostatitis que duró varios meses.

En venganza, debo decir que no es lo mejor de Mario Vargas Llosa. Siento que la literatura, como todas las ciencias y las artes, se rige por la ley de dar más por menos, y el escritor en este caso tomó mucho de donde había demasiado. Tengo además la sospecha de que en su espíritu hay una ancestral repulsa a las raíces de América, desde lo incaico hasta lo caribeño, y sentí que en su libro se cuela esa visión del Caribe que en Europa se plasma por primera vez en la carta de Colón sobre su primer viaje:

Así que monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana.

Vargas Llosa recrea en su novela lo que esperemos sea el último ejemplo de semejante práctica:

A las dos o tres semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne. Miguel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse. El carcelero volvió a entrar, poco después y encaró a Báez Díaz: “El general Ramfis Trujillo quería saber si no le da asco comerse a su propio hijo”.

Éste fue uno de los espantosos castigos impuestos a quienes eliminaron al cruel dictador y sumo representante del mal en la novela. Y, de paso, es la tortura que más se ciñe a lo que planteaba Montaigne en su ensayo de 1580, De los caníbales, donde propone que el objetivo del canibalismo entre las tribus caribes no era alimentarse “como antiguamente hacían los escitas, sino llevar la venganza hasta el último límite”.

***

Dice una lectora de Marcel Proust que si unos extraterrestres vinieran a llevarse a su lejana galaxia un texto para estudiar a la humanidad, habría que entregarles En busca del tiempo perdido.Y puede que tenga razón. Al no haber extremos monstruosos en la obra de Proust, podemos adentrarnos en lo más complejo, profundo y genuino de la condición humana: enfrentar los espantos y deleites de una supuesta normalidad durante esos días en que nada parece suceder y sentimos, para insistir en el título, que quizás hemos perdido nuestro tiempo.

Pero volvamos a la prostatitis y sus posibles remedios. El urólogo más inteligente de los muchos que visité fue Luis González Serva. No sólo me eximió del clásico examen por suponer que el origen de mi mal era mental: además me dejó contarle mis desgracias. Al final le dije que estaba por viajar a Italia y le pedí una dieta para evitar que se exacerbara mi suplicio. Me recomendó lo siguiente:

— Tú eres un hombre consciente, así que puedes beber vino… pero algo muy importante: pide sólo los más costosos.

Quedé más perplejo que agradecido y se lo dije:

— No sabía que mientras más caros son más sanos.

— Todos los vinos son iguales, pero si sigues mi consejo beberás menos.

En medio de nuestra larga y terapéutica conversación, Luis atendió una llamada. Era la esposa de un paciente que recién había operado.

— Querida señora, ¿cómo se encuentra su marido?

Un largo silencio.

— Caramba… ¿cuántos días tiene ya sin dormir? […] ¡Una semana! ¿Y qué le están dando? […] ¡Por favor! Esa dosis de Valium es para un elefante… ¿pero qué lo tiene tan angustiado?

Otro largo silencio. Luis se lleva la mano a la frente y exclama:

— ¡Ay, Dios mío! ¡No, mi señora! Dígale a su marido que “Negativo” significa que la muestra no es maligna. “Positivo” es cuando es mala y entonces hay que preocuparse. ¡Caramba, señora! Me hubiera llamado el primer día y nos hubiéramos evitado tanto sufrimiento.

Luis estaba abatido cuando trancó el teléfono, como si los enredos del idioma fueran su responsabilidad. Le dije que quizás el paciente insomne tenía una formación policial y era uno de esos a quienes les encantaba decir “Negativo el procedimiento”.

Algo así le debe estar pasando al gobierno. Cuando se les ocurre hacerle una disección a nuestra economía, la respuesta es siempre: “¡Positivo!”. Luego no preguntan mucho más y se callan los resultados. Están felices, orondos, hinchados, mientras un cáncer implacable nos va carcomiendo. La situación nunca puede estar mal: si algo parece ir bien, se están construyendo las bases del socialismo; y si se va a pique la empresa expropiada, se están destruyendo las del capitalismo.

***

Lo grave de una enfermedad no es lo mal que estás, sino la incapacidad para aceptarlo y reaccionar. Y la reacción requiere una lectura clara de la situación, junto a un lenguaje que busque comprender, comunicar, compartir, y no intimidar, evadir, engañar, ahogar ni olvidar por saturación.

Adam Gopnik, en su ensayo Palabras mágicas, ofrece frases estimulantes tanto para disfrutar de la magia de las palabras como para huir de sus trampas: “El lenguaje, más que una serie de celdas en las que estamos presos, puede ofrecernos una serie de herramientas que nos ayudan a escapar”. Y otra que viene a ser la natural consecuencia: “No somos prisioneros de nuestras lenguas, pero sí ciudadanos de nuestro lenguaje”. Así Gopnik llega a George Orwell y analiza su prédica de que el envilecimiento del pensamiento político no puede separarse del envilecimiento del lenguaje.

Allí está el meollo de nuestro problema: cualquier biopsia a una muestra del discurso del presidente Nicolás Maduro daría un resultado sumamente “positivo”. Ayer escuchaba una cadena y era un delirio de repeticiones, de autoelogios, o más bien de reflejos perennes, porque nuestro Presidente se esconde en un narcisismo galopante, desbordante de amor por lo propio y de odio por lo ajeno. Es como si le hablara a un espejo, el instrumento que con mayor exactitud invierte las posiciones.

Mientras la situación se hace más grave, mayores son las alabanzas. Más misteriosa es la muerte de Robert Serra, más puro será su martirio; más grave es la situación económica, más se celebran las habilidades para sobrevivir a la propia incompetencia; más aplastada está la oposición más poderosos son sus agentes imperiales. Y así se va construyendo un mundo al revés, donde es posible decir: “El pueblo debe defender a las Fuerzas Armadas”, cuando son las Fuerzas Armadas las que deben defender al pueblo. Los venados no sólo persiguen a la jauría, además deben protegerla.

Yo no soy un patólogo, sino un simple paciente. Necesito creer que estamos lejos de caer en ese “llevar la venganza hasta el último límite”, pero sí creo que vamos sufriendo un canibalismo más sutil: el de comernos la propia lengua, hasta quedar atrapados en un vacío rodeado de puros dientes.

Hoy no me preocupan tanto los extremos monstruosos (que los hay de sobra) como los espantos y deleites de una supuesta normalidad. Vivimos una suerte de “proustatitis” o inflamación de lo perdido que se ceba en los días en que nada pareciera suceder.

Y uno siente que se va esfumando para siempre tanto el tiempo que Dios otorga como el lenguaje que nos permitirá ser verdaderos creadores y no obsesivos y pretenciosos destructores.

Créditos para: http://prodavinci.com/2014/11/08/actualidad/sobre-las-trampas-de-lo-positivo-por-federico-vegas/

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