El valor de los defectos ajenos

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Esribo estas reflexiones en un avión rumbo a Madrid, para participar en la beatificación de Mons. Álvaro del Portillo. Después de haber estado leyendo y meditando el libro preparado a propósito para la ceremonia con un perfil biográfico y algunos de sus escritos, lo lógico, tal vez, habría sido escribir sobre la impresionante estela que deja una vida virtuosa en los demás. Tal vez, lo lógico habría sido escribir sobre el ejemplo de una vida heroica de olvido de sí para ayudar a todos o la gran necesidad que tiene el mundo de hoy de ejemplos como el sucesor de san Josemaría Escrivá.

Sin embargo no siempre actuamos con lógica -a veces cometemos errores- y tal vez por eso de pensar a la inversa, me ha venido a la cabeza el bien que podríamos obtener de algo tan molesto, a primera vista, como los defectos, los vicios o debilidades de los demás. Por lo menos, ya existe un libro famoso titulado igual a este artículo donde podrás encontrar más y mejor material sobre el tema. Escribo, quizá, para reforzar algunas ideas en vista a alguna necesidad del momento, o tal vez, para aprovechar estos días de caminar por España para calar más a fondo sobre la responsabilidad de ayudar más a los demás.

La primera reacción, la más evidente es la impaciencia y el enojo.¿Quién no ha sentido ira ante la imprudencia de otro conductor que nos afecta en la calle?. Sufrimos todos los yerros ajenos, pero tal vez, los que menos toleramos son los propios contemplados en carne ajena. Tal vez, y sin tal vez, el ver en otro nuestra pereza o comodidad, o nuestra falta de sinceridad, deja al descubierta con más claridad, toda la fealdad de las mil caras del egoísmo y de la bajeza humana. No le sienta bien a nuestro amor propio ver que hasta en los defectos no vestimos prendas exclusivas ni originales.

Una vez leí que basta observar con qué vehemencia fustiga una persona un determinado vicio para darse cuenta de qué pata cojea. Muere por la boca, por ejemplo, el que señala con crudeza la supuesta corrupción de otros. Es fácil hablar o escribir sobre los defectos ajenos y quedarnos en eso y no pensar en los nuestros. Cuando he contemplado esta escenas, lo primero que me viene a la cabeza es el poco conocimiento de sí mismo que tiene esta persona. ¿Puede acaso alguno sentirse tan seguro de sus supuestas virtudes?, una persona sensata se da cuenta que hasta en esto vivimos de prestado; hoy podemos tenerlas, mañana no.

La inflexibilidad para juzgar o valorar virtudes nos pueden arrojar mucha luz precisamente sobre los defectos que nos dominan. Precisamente en el tema en el que somos más duros con los demás, normalmente es en el que hemos de mejorar más. Ya lo dice el viejo y conocido refrán: “el ladrón piensa que todos son de su condición”. También nos puede ayudar a ver nuestro mayor defecto el descubrir el tema en el que más nos molesta que nos corrijan o en el que nos excusamos con mayor facilidad. Un beneficio de los defectos ajenos: conocer los propios.

A propósito de lo anterior, esta semana he leído el libro Retratos de la antigüedad romana y cristiana de Gerardo Vidal. Uno de los capítulos es una extraordinaria semblanza del filósofo romano Séneca. Llama la atención la vehemencia con la que fustiga los vicios el encarcelado por algunos de ellos. El que más criticaba la adulación era precisamente el que adulaba al emperador, el que condenaba los excesos vivía en una villa con todos los lujos y comodidades. Es fácil que nuestras palabras vayan por un lado y nuestra vida por otro.

¿Será que podemos sacar más cosas positivas de algo tan molesto como los vicios ajenos? Uno de los primeros frutos positivos puede ser el de la fortaleza. Nada nos ayuda tanto a ser pacientes como comprender y sobrellevar con tolerancia los defectos de las personas con las que convivimos. Una de las mejores muestras de cariño es precisamente saber disculpar que los demás tengan algún defecto. Realmente solamente el que descubre sucio en sus zapatos puede entender que otro no los tenga tan limpios. El que sabe lo difícil y esforzado que es el camino de ser mejor persona será capaz de entender que los demás no avancen tan rápido en erradicar un vicio o en adquirir una determinada virtud. El que no se conoce, que no se mira a sí mismo, al que le falta honradez para reconocer sus fallos le resulta incomprensible cómo una persona puede una y otra vez tropezar con la misma piedra.

Escarmentar en cabeza ajena podría ser otro gran aprendizaje de los defectos de los demás. Ver las dudas e indecisiones de otros, las metidas de pata, como a veces llamamos a los errores, nos puede llevar a entender que al no ser nosotros mucho mejores, en algún momento podríamos estar en la misma situación. Esto nos ha de llevar a ser prudentes, a no estar tan seguros de las propias virtudes, a redoblar nuestro esfuerzo. Nos llevará también a ser prudentes y con medida  en la corrección al que yerra, sabiendo ponernos en el lugar del otro y hacerlo como nos gustaría que nos corrigieran, a no hacer leña del árbol caído cuando somos testigos de alguna caída aparatosa.

Ayudar al desvalido podría ser otra de los beneficios de los defectos ajenos. Sentir la responsabilidad de ayudar, primero con el ejemplo de esfuerzo personal. Tender la mano y brindar todos los auxilios a nuestro alcance para que el otro supere el escollo en el que se pueda encontrar.

No hemos de ver como tan ajenos los defectos de los demás, es posible que lo que veamos sea solamente el reflejo de los nuestros. Puede ser que tengamos que ver más de lo que pensamos en las faltas ajenas, aunque solamente sea el buen ejemplo que no hemos sabido dar o hasta por nuestra colaboración directa en las caídas de otros.

@jcoyuela

Créditos para: http://eticaysociedad.org/2014/09/25/valor-de-defectos-ajenos/

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