Roberto Gómez Bolaños [1929-2014], ese pequeño ‘Chespier’ / por: Willy McKey

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“¡Amigos televiciosos del mundo entero!
Tienen ustedes la dicha de ver y escuchar
el programa cultural más mejor y menos pior
de todititita la televisión universal”

Roberto Gómez Bolaños, ese pequeño 'Chespier'; por Willy McKey 640

El humor es imposible sin inteligencia. Ha muerto un genio. No. Más aún: un supergenio.

A finales de los años sesenta, toda la industria cultural latinoamericana estaba metida en una suerte de protoglobalización: sacrificar lo local y universalizar los discursos. Ya habían pasado más de dos décadas de Saludos, amigos!, ese capricho de Walt Disney que convirtió a América Latina en una simplísima suma de referentes: Brasil, México, la Cordillera de Los Andes y una selva habitada por dementes.

Los clichés habían durado demasiado: medio continente no podía resumirse en un parque temático. Mientras tanto, la industria pop angloparlante imponía arquetipos salvadores que las imaginaciones en dictadura lo agradecían.

Una de las grandes virtudes de Roberto Gómez Bolaños fue cumplir con aquella máxima creativa de “pinta tu aldea y pintarás al mundo”. ¿Qué hacer cuando el país de arriba importa superhéroes? ¿Qué podría superar a una Liga de la Justicia que hacía palidecer a la corte del Rey Arturo en el imaginario planetario? Pues burlarse de unos y otros, desde el albur y el calor propio, y caricaturizar el imaginario heredado.

Tras una carrera de casi diez años en los medios de entretenimiento masivo, Roberto Gómez Bolaños aparece con su primer gran éxito: Los Supergenios de la Mesa Cuadrada. Tan sólo en el título del programa se lograba dar una risotada ante el capital simbólico circulante de Occidente, al mismo tiempo que se armaba uno de los elencos de comedia más reconocidos en el mundo entero: Ramón Valdés, María Antonieta de las Nieves y Rubén Aguirre se convertían en los primeros cómplices de una pandilla que terminó siendo condenada por el éxito:

Los efectos especiales producto del chroma key, los juegos con las escalas a través de la mezcla de tomas, el zoom convertido en una varita mágica: la tecnología del entretenimiento puesta al servicio de una tradición del clown, del payaso, de la comedia que tiene siglos puesta en nuestro genoma.

Es en Los Supergenios de la Mesa Cuadrada donde por primera vez las pecas de una niña se transforman en el mote “chilindrina”, donde los empujones se convierten en una rutina eterna y eficaz, donde el Doctor Chapatín se muestra como un viejecillo global y su terca sabiduría se sumaba a un ingeniero borracho y a un maestro de escuela, moderados por la belleza a-go-gó de una actriz que fenotípicamente retaba a toda la industria del entretenimiento.

Desde entonces, el léxico mexicano pobló los guiones de rutinas que se repetían, aprendiendo cuanto podían del circo, del mundo de los mimos y de los referentes hollywoodenses. A diferencia de lo que sucedía en muchos otros países latinoamericanos, donde desde las letras de las canciones hasta los diálogos de las telenovelas pretendían una universalización que los hiciera más comerciales y menos cercanos a la cotidianidad local, en la televisión mexicana un visionario de la comedia empezaba un camino que hizo que en apenas unos años todo el continente supiera cuándo decir “chanfle”, que una torta de jamón era más parecida a un sánduche que a un pastel, que “¡Sale y vale!” era un resumen eficaz del entusiasmo y que el humor es un hermoso estuche para contrabandear el universo cultural de un país tan grande como México.

Todo ese arsenal imaginario que serviría de combustible para luego mudarnos a la austera posibilidad escenográfica de una simple vecindad del DF.

En apenas un año el universo chespiritiano se había expandido. El éxito de El Chapulín Colorado y del show de situaciones cortas de Los Supergenios… se vio consolidado con El Chavo del Ocho. Todavía el llanto del protagonista no se había convertido en el pi, pi, pi que cualquier televidente puede imitar, es cierto: en la comedia, los personajes se tallan con buriles algo más gruesos que el drama. Pero cuando esos relieves son atinados, siempre acaban convertidos en volúmenes memorables

La vida del niño sin familia, que dormía en el apartamento número 8 de una vecindad que nunca nos llevó más allá de dos patios comunes y tres apartamentos, sigue emitiéndose en al menos 18 países del mundo. Quienes contabilizan los récords rayocatódicos han dicho que más de treinta millones de espectadores han visto este seriado en más de noventa países.

El mismo país que dio al recientemente homenajeado Cantinflas y a Tin Tan Valdés, el epítome del ciudadano fronterizo del siglo veinte, tuvo entre sus hermanos de la comedia televisiva (y para muchos menor) al más eficaz exportador de la cultura mexicana en Technicolor. Eso en un mundo fiero como el prime-time familiar, el lunes a viernes, el frenético mundo de la televisión exitosa.

Fue mucho más que utilizar un fondo azul o verde para volar, viajar al espacio, reducir su tamaño o aumentar el nuestro. El mundo no necesitaba a un cómico más queriendo cruzar la frontera a recuperar Los Ángeles. Era el momento de aprovechar el humor como la única estrategia para reconocer la debilidad y esgrimir el chiste como arma demoledora. Porque ser valiente no tiene nada que ver con no sentir miedo, sino con estar del lado de la justicia.

Usted también ha usado el “Pa’ qué te digo que no, si sí” de La Chimoltrufia o el “Dígame, Licenciado” de Chaparrón Bonaparte. Usted también se conmovió con El Chavo en Acapulco o cuando a ese mismo niño lo acusaron de ladrón mientras que nosotros sabíamos que era un vecino nuevo o un sonámbulo el culpable. Usted también se detiene cuando alguno de los canales del zapping eterno que somos los pertenecientes a esta raza que Eloy Fernández Porta llama con tino Homo sampler se consigue con alguna obra de Chespirito convertida en repetición.

Se dice tan poco de la televisión. Se dice tan poco de los payasos. Nos avergüenza tanto la posibilidad de reconocernos un niño más que aplaude en el circo. Ha sido difícil escribir esta nota con este tono, pero sucede que las emociones y los duelos pasan y de la tele y de la risa se dice tan poco en estas notas.

A un payaso con una potencia continental tan grande como Chespirito no se le puede despedir desde la tragedia. A veces es preferible la taxidermia dolorosa de lo enciclopédico, porque al menos permite recordar cuánto creó, cuánto logró, cuánto pudo hacer contraviniendo lo que en las alturas de la cultura académica parecía un error.

Ponerse a México en la boca, ponerlo en los diálogos de sus personajes, en nuestras voces, todo antes de esta estupidez del sobreestimado acento neutro que hace que todos los cachorros humanos dejados bajo la custodia de esa niñera en la que se han convertido Cartoon Network y Disney Channel digan “césped” y “emparedado”. Y viéndolo así, Roberto Gómez Bolaños fue un paladín de la belleza que esconde la singularidad de nuestros acentos, de nuestra palabra, de nuestra mezcla: un héroe rayocatódico y technicolor

Pero los héroes también se cansan, se retiran, nos abandonan. Hoy hay uno menos ejerciendo la cándida nobleza de contar un chiste repetido. En adelante, estaremos a merced de “El bribón de alma sucia,/ el malhechor desalmado”, a menos que tengamos la valentía de reconocer que no contábamos con su astucia: “¡El Chapulín Colorado! / iChanfle! iChanfle!”

Gracias por cuidarme al salir de la escuela, Chespirito. Sin ti, Shakespeare no habría sido tan divertido el resto de mi vida.

Créditos para: http://prodavinci.com/blogs/roberto-gomez-bolanos-ese-pequeno-chespier-por-willy-mckey/

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