Día: 3 diciembre, 2014

Génesis del intelectual / Inés Hayes

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Historia. Un encuentro internacional indagó en el origen de las ideas y del trabajo de pensadores y sus redes en la Latinoamérica de dos siglos.

Cómo llegamos, desde las grandes preguntas de mediados del siglo XX sobre la existencia de una filosofía latinoamericana, pasando por las indagaciones acerca de la identidad de las naciones (o la nación) latinoamericanas, a esta historización radical que busca la producción y circulación de las ideas en los grupos, revistas y redes intelectuales latinoamericanas?”, se preguntó Horacio Tarcus al abrir el II Congreso de Historia Intelectual, organizado por el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (Cedinci) de la Universidad Nacional de San Martín y el Centro de Historia Intelectual de la Universidad de Quilmes, que dirige Adrián Gorelik.

Durante la apertura –en la Sociedad Científica Argentina– Tarcus explicó que, si en décadas pasadas, la historia de las ideas había puesto el foco en los conceptos matrices de una época, así como en sus grandes textos y en sus “intelectuales faro”, y si la biografía tradicional se proponía estudiar la vida pública y privada de las figuras consagradas dentro de la alta cultura, los nuevos desarrollos de la historia intelectual, sin desatender el rol jugado por los grandes intelectuales, tienden a repensarlos dentro de tramas político-culturales más vastas. “El foco se fue abriendo, pues, desde el lugar central ocupado por los grandes creadores intelectuales a lugares menos iluminados o espectaculares, acaso secundarios, emergentes o residuales, ocupados por figuras que desempeñan funciones intelectuales no menos significativas que las del gran productor en el campo intelectual, sea como creadores ‘menores’, divulgadores, publicistas, difusores, docentes, redactores de una revista o asesores de una colección editorial”, explicó Tarcus ante un auditorio lleno.

Este II Congreso de Historia Intelectual de América Latina –apoyado por el Conicet y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica– fue precedido por los encuentros del proyecto de la Historia de los intelectuales en América Latina que dirigió Carlos Altamirano. Y fue en Medellín, durante el I Congreso, cuando se decidió que el segundo se haría en Buenos Aires y tendría como tema principal analizar la biografía colectiva de los intelectuales. Tal como señaló Altamirano en Medellín –retomó Tarcus– la labor intelectual solitaria suele ser la excepción, no la regla: cuando se observa con atención, siempre se detectan microsociedades o grupos intelectuales. En 2016, el encuentro será en el Colegio de México.

Del nacimiento de los primeros periódicos en América Latina, la creación de las academias de historia, las revistas políticas y culturales del siglo XX se ocuparon las 220 ponencias, así como las conferencias y debates del encuentro. “Nuestra América tiene una larga historia de bohemia periodística y grupos literarios, cenáculos reunidos en bares y cafés, peñas celebradas en trastiendas de librerías. Mayor grado de institucionalización podemos identificar en las sociedades científicas, artísticas y literarias latinoamericanas del siglo XIX y comienzos del siglo XX, con sus raíces y sus puentes hacia sus homólogas españolas”, repasó Tarcus en la apertura.

Las primeras mesas estuvieron dedicadas a las revistas culturales latinoamericanas, al anarquismo en el mundo obrero latinoamericano de comienzos del siglo XX y a las redes de los clásicos y de los románticos: la revista La Moda y la generación del 37 y el Club Católico de Montevideo. La bohemia periodística, la revista Sur, la prensa socialista, el humor durante la gran guerra, así como el rol de los intelectuales nacionalistas y conservadores de la Argentina, Uruguay y Paraguay no se dejaron de lado como tampoco el rol de las revistas políticas de los 60.

La discusión entre Sarmiento y Alberdi, por ejemplo, fue tratada en la ponencia de María Soledad Nívoli, de la Universidad Nacional de Rosario: “La polémica resulta, en primer lugar, un ejemplo de práctica política, por ser una discusión llevada adelante en el ámbito público de la prensa. En segundo lugar, representa el fracaso de la constitución de un horizonte político común y la negación por parte de sus protagonistas de constituir a su interlocutor como un adversario, operación necesaria si se pretende llevar adelante con éxito una discusión pública”. Alexander Betancourt Mendieta, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí de México, abordó el rol de las Academias de Historia como productoras de relatos históricos en la primera mitad del siglo XX: “se concentraron en la elaboración del relato oficial del pasado, a nivel nacional y local, ya que a partir de sus objetivos se debían establecer los temas de la investigación histórica. Por eso, las actividades de las Academias tuvieron eco en los territorios nacionales de dos formas; desde un centro hegemónico establecido en la capital que impulsó su interés al resto de los núcleos urbanos, y por la iniciativa privada de hombres de letras locales que buscaron oficializar la dinámica de una asociación letrada y se sirvieron del modelo establecido en la capital nacional”.

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Genesis-intelectual_0_1257474269.html

Esos demonios mediocres / Marina Artusa

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Simona Forti. En la Historia, el mal asume roles que movilizan dictaduras e Impulsan guerras. Los fantasmas prosperan gracias al hombre, dice la politóloga.

 Como tantos italianos, Simona Forti tiene parientes en la Argentina. Lo curioso, en su caso, es cómo una anécdota de los años 70 la marcó para siempre: “Recuerdo que yo era una nena y tenía primos allí durante la dictadura. Estábamos aquí, en casa de mis abuelos, y mi primo dijo: ‘No se está para nada mal en la Argentina. Basta no ver’. Me quedé muy impresionada y esa frase me quedó grabada –dice Forti, hoy una reconocida filósofa política italiana que se ha dedicado a estudiar, entre otros temas que la fascinan, la relación entre el mal y el poder–. Yo pensaba: ‘¿Qué significa que basta no mirar? ¿Este anda tranquilo por ahí sabiendo lo que está sucediendo?’ Me conmovió mucho. No digo que haya sido el motor de mi interés por el tema pero sí algo que me quedó y que siguió trabajando dentro mío”.

Forti acaba de publicar en la Argentina Los nuevos demonios. Repensar hoy el mal y el poder (Edhasa), un libro en el que vuelve sobre el concepto filosófico del mal con una nueva mirada: “La actitud mía de hacer filosofía consiste en tomar algunos conceptos de la filosofía contemporánea maltratados e intentar rehabilitarlos, recuperarlos a un uso más contemporáneo –explica Forti, que enseña Historia de la filosofía política en la Universidad del Piamonte Oriental, en Italia–. Por ejemplo, el concepto de mal cayó en descrédito para buena parte de la filosofía contemporánea porque es considerado un concepto comprometido con la metafísica. En algunos aspectos es verdad, pero creo que no logramos orientarnos en ética y en política sin usar el concepto de mal. Entonces la pregunta es ¿cómo podemos usarlo hoy? ¿Cómo podemos repensarlo hoy teniendo presente toda la crítica que se ha hecho al uso teológico y metafísico del mal? Volviendo a recorrer la historia del concepto, tratando de entender, a pesar de las diferencias entre pensadores y pensadoras, cuál era el núcleo común de este uso y qué cosa no sirve más de este núcleo común del pasado. Por eso es que he reconstruido lo que yo llamo ‘el paradigma Dostoievski’, usando a Dostoievski como pars pro toto (la parte por el todo) para ver qué en verdad no nos sirve más.” El paradigma Dostoievski de Forti se basa en la interpretación demoníaca y maniquea del mal que, fundado en el nihilismo y en la pulsión de muerte, se refleja en las obras del escritor ruso. “En Dostoievski se da una síntesis expresiva ejemplar del mal pensado como patología de la voluntad o pulsión, delirio de la razón o pasión por el absoluto. En Los demonios o en Los hermanos Karamazov el mal tiene siempre que ver con la transgresión y el desorden, en una palabra, con la potencia de la muerte.”

–¿Por qué es preciso reformular el concepto de mal hoy?
–Porque creo que no sirve más una mirada que hace del mal el éxito del nihilismo. Durante tanto tiempo, sobre todo desde el Siglo XIX en adelante, se ha identificado siempre el mal como el éxito de la voluntad de destrucción o de la voluntad de muerte. Según el psicoanálisis, también como pulsión de muerte. No es que esto no sea más cierto pero es que por sí sólo no lo explica más. Necesitamos otras coordenadas conceptuales para comprender cómo funciona un sistema del mal.

–¿Es decir que el mal cambió?
–No sé si el mal cambió. Seguramente las figuras contemporáneas del mal son distintas de aquellas a las que nos había habituado la literatura. O cómo una cierta literatura filosófica se explicaba según el nazismo, el estalinismo, el totalitarismo del siglo XX: la idea de un sujeto, no importa si era un dictador único o una colectividad, que quería destruir, que quería transformar la realidad en nada. Creo que esta visión es simplificadora. Para algunos aspectos puede ser para nosotros incluso una justificación: están estos demonios absolutos que son culpables, y entonces estamos eximidos, no tenemos nada que hacer. Históricamente aparecen pero nosotros podemos vivir tranquilos que así como nacen, desaparecerán. Creo que esto es una excusa. Pienso que existen estos demonios absolutos pero creo que si logran sus operaciones destructivas es porque estos demonios absolutos, que son pocos, se corresponden con una mayoría de demonios mediocres que, en cualquier modo podríamos ser también nosotros, que favorecemos este recorrido simplemente encongiéndonos de hombros, diciendo que no podemos hacer nada. Y así, por bellaquería o por deseo de confirmar nuestra identidad, favorecemos este proceso. Esto es cierto en cada situación que podemos llegar a definir como mal político. He usado como ejemplo histórico el del nacionalsocialismo porque en toda la filosofía contemporánea es elevado a emblema del mal político pero obviamente lo que digo para el nacionalsocialismo en la estructura filosófica creo que funciona para muchas escenas históricas.

–Es inevitable pensar en la dictadura militar que padecimos en la Argentina y en otros países de América Latina. ¿Los mecanismos del mal son siempre los mismos?
–Cada país tiene su particularidad histórica. Pero en una especie de estructura filosófico-política, el mecanismo es siempre el mismo. Si en la Argentina sucedió lo que sucedió fue porque hubo un consenso. Consenso no quiere decir necesariamente que estaban convencidos de lo que Videla estaba haciendo. Pero muchas personas, por deseo de ser garantizados por el sistema o por miedo, no se opusieron, no presentaron ninguna resistencia. En este sentido, si estos demonios absolutos prosperan es porque muchos hombres normales aceptan o no quieren juzgar eso que está sucediendo.

–Desde el punto de vista del sujeto, ¿aceptar o no es una decisión ética?
–Creo que es una decisión de hacer de uno mismo un sujeto ético. Un sujeto que logra discriminar. Lo que no logramos hacer hoy. Pero si pensamos bien, la norma cristiana del “no juzgar” es una norma que hemos interiorizado como si el sujeto ético, el sujeto “bueno” fuera aquél que no juzga, que no se pronuncia. Es preciso revertirlo. El sujeto ético es aquél que debe tener el coraje de juzgar, es el verdadero problema. De dónde el sujeto adquiere la capacidad de oponerse, de elegir.

–¿Cuál es la relación del sujeto con el poder?
–La filosofía moderna siempre ha pensado al sujeto por un lado y al poder por otro como dos entidades separadas. Y se ha pensado el poder como algo que se contrapone al sujeto, que lo limita. En la expresión máxima de poder, niega al sujeto, lo domina. Yo, en cambio, creo que la gran idea de Foucault ha sido la de ver al poder como algo que está en correlación al sujeto, que crea al sujeto, que no sólo lo limita sino que también lo hace ser, lo hace crecer. En este sentido somos vehículos del poder, nuestro cuerpo lo es. El poder no es simplemente el del Estado; es poder también lo que ejercitamos en la relación con otros sujetos. Por lo tanto, se debe distinguir entre poder y dominio. Eso es un paso importante. El poder circula continuamente; existe cuando hay libertad. Mientras que el dominio se inicia allí donde el poder se vuelve tan fuerte que no permite más la circulación en libertad.

–¿Cuál sería una definición actual de libertad?
–Hay varios modos de concebir la libertad. No creo que la libertad sea algo que tengamos como una dote natural. Aquí la libertad es algo que se conquista; se decide cuando, por ejemplo, queremos ser sujetos éticos. La libertad en su definición minimalista, banal, creo que es la posibilidad de ser otro a pesar de como seamos. Una definición minimalista de libertad en filosofía creo que debe ligarse al concepto de posibilidad, que se opone al de necesidad. Por lo tanto sería pensarnos como sujetos que tienen la posibilidad de convertirse en otros sujetos diferentes de como somos.

–Usted habla sobre la normalidad del mal. ¿No es una provocación?
–Es una idea provocadora pero tiene orígenes intelectuales. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, aunque me parece que el término banalidad no sea feliz o adecuado. “Banal” no significa demasiado. Creo que Hannah Arendt murió demasiado pronto como para dar coherencia a su intuición sobre la banalidad del mal. Desde este punto de vista, soy un poco soberbia. He tratado de darle algo de coherencia conceptual a un conjunto de intuiciones sumando otras. Por ejemplo, utilizando Foucault junto a Arendt o Primo Levi. Poniendo en juego muchas más ideas de las que había considerado Hannah Arendt y tratando de construir un paradigma que es el de la normalidad del mal, que no es alternativo al paradigma Dostoievski. Quiero decir, cuando asistimos en la historia a una escena del mal creo que estos dos paradigmas se encuentran y son complementarios. Siempre. Pero no se puede pensar sólo con el primer paradigma. El de la excepcionalidad, del diabolismo, de la transgresión. Se piensa a través de la normalidad en su doble significado: el mal se normaliza porque sus ejecutores son personas normales. No son más grandes monstruos. Esta es una primera normalización. Y luego, en un sentido más profundo, también se habla de normalidad como atenerse a la norma del contexto en el que uno se encuentra. Ateniéndose a las reglas, uno produce un universo del mal político. Entonces, hay un doble significado de normalidad.

–En los juicios a los genocidas se vio que al tiempo que cometían atrocidades y a la vez eran personas normales en sus vidas familiares y sociales.
–Padres de familia que nunca hubieran actuado de ese modo si el contexto social hubiera sido diferente. Pero se atuvieron a la norma para no perder nada. No haberse atenido a la norma les hubiera significado disminuir sus posibilidades de logros, bajar su nivel de vida. Por lo tanto el mal no es sólo la voluntad de muerte. Se lo piensa también como voluntad de vida y de realizar la propia vida. Esto la tradición no lo ha pensado nunca porque siempre ha tendido a identificar el mal con la muerte y el bien con la vida. Creo que se debe desmantelar esta oposición.

–Otra idea de su libro es asociar el mal a la transgresión.
–Exacto. Forma parte del paradigma Dostoiesvski. El mal era algo que quebraba un orden. Un orden natural, racional o social. Y el mal era esa voluntad de transgredir y superar los límites. No es que esto no exista. Pero no es el dato único y más importante en la escena del mal.

–Sin embargo hoy, la transgresión social y culturalmente tiene un sentido positivo.
–Claro. Está la idea de que el que transgrede es un vencedor. Como si a la polaridad bien-mal de un juicio ético hoy se le hubiera instaurado la polaridad logro fracaso desde un punto de vista de la afirmación social. Pero si lo lográs, quiere decir que pudiste ir más allá de lo que has encontrado. Hoy sirve para afirmar la propia individualidad.

–¿El enemigo siempre es la encarnación del mal?
–En lo que se refiere a llamar mal al enemigo, ésta es una lógica milenaria que nos lleva a un tema de mi libro que es el siguiente: al mal se le asocia siempre un pensamiento dicotómico, que divide en dos. El campo del bien , el campo del mal. Aun cuando luego los partidos se intercambian la careta. Occidente piensa en el extremismo islámico como el mal y el extremismo islámico piensa a Occidente del mismo modo. Y creo que es preciso derretir esta rigidez dicotómica.

–¿Hay reciprocidad entre bien y mal?
–Desde un punto de vista filosófico, lo que cambió respecto del pasado es esta correspondencia. Creo que, a pesar de todas las críticas que se le puedan hacer a este concepto de mal, nosotros continuamos utilizando la palabra, la idea. Pero no creo que se puede hablar más de bien como algo sustancial. Por el contrario, la historia ha demostrado que todas las veces que se lanzó el proyecto de bien como algo absoluto a alcanzar se estaba frente a un desastre. Por eso pienso que, desde un punto de vista filosófico, el primer paso es reconocer que esta correspondencia falló, se quebró.

–¿Cuáles son los nuevos demonios?
–Hay muchísimos. Aunque no veo tantos demonios absolutos. Veo muchos demonios mediocres también porque el valor de la afirmación de la vida, sea a nivel biológico, a nivel de las posibilidades de vida, se convirtió en el valor absoluto, el valor hegemónico. Por lo cual nos resulta obvio que un financista haga de todo para maximizar su propia riqueza. Pensado filosóficamente, esto significa maximizar sus posibilidades de vida. Entonces no se monta una escena del mal que eclosiona sino pequeñas micro escenas del mal que producen un sufrimiento que no es el dolor físico que los males que el 900 produjo pero es un sufrimiento real, el sufrimiento de limitar la posibilidad de ser otra cosa de lo que se es.

–En Oriente Medio, sin embargo, el mal pareciera responder a otros mecanismos.
–Las fenomenologías del mal cambian continuamente. También en un mismo período histórico hubo fenomenologías del mal diferentes. Es cierto que hoy se trata de una fenomenología que jamás nadie hubiera imaginado. Los “body-bombers”, la gente que se autodetona, tienen el antecedente en los kamikazes japoneses, pero que una persona se mate a sí misma de un modo tan destructivo no tiene antecedentes en Occidente. Este fenómeno ninguno podía preverlo. Pero desde el punto vista de pensar lo que está sucediendo, estamos siempre en la misma conceptualidad: hay alguien que tiene un plan destructivo y hay mucha otra gente que consiente este plan destructivo.

–¿Las prácticas del ISIS (Estado islámico) representan la manifestación más novedosa de la fenomenología del mal?
–Sí. Esta es una fenomenología inédita que une lo arcaico, que es la decapitación, con lo moderno. Una fenomenología arcaica, sanguinaria y cruel, inconcebible para nuestros ojos. Une este elemento arcaico a un elemento contemporáneo y moderno: la más sofisticada tecnología. El hecho de que se decapita a un rehén, se filma un video y se mandan estas imágenes, se mete en red y la comunicación se vuelve global. Un extraño mix de arcaico y moderno.

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Simona-Forti-demonios-mediocres_0_1257474263.html

El hombre que difundía a Gramsci

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Biografía intelectual. La historiadora Alexia Massholder reconstruye vida y obra del argentino Héctor Pablo Agosti, divulgador del gramscismo.

POR ISIDORO GILBERT

Los 32 Cuadernos de cárcel , 2.848 páginas escritas por un muy enfermo Antonio Gramsci, desde febrero de 1929 hasta agosto de 1935 en vísperas de su muerte, fueron secretamente llevadas a Moscú por sus amigos para resguardarlas del fascismo pero al final de la guerra el secretario general del PC italiano, Palmiro Togliatti, impulsó su publicación en Italia junto a las Cartas de la cárcel . Son seis volúmenes, ordenados por argumentos homogéneos, con los títulos: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce (1948); Los intelectuales y la organización de la cultura(1949); Il Risorgimento (1949); Notas sobre Maquiavelo , sobre la política y sobre el Estado moderno (1949); Literatura y vida nacional (1950) y Pasado y Presente (1951).

Los primeros títulos comenzaron a publicarse en la Argentina por la editorial Lautaro a partir de 1950 a instancias del intelectual comunista Héctor Pablo Agosti que hizo las primeras traducciones que luego delegó en su discípulo preferido, José Aricó, que había sido secretario de la FJC de Córdoba, situación que dio nacimiento a la pregunta sobre quién fue el verdadero difusor de las ideas de Antonio Gramsci, no solamente en la edición de su libros sino además en la aplicación de sus conceptos.

En el libro Los gramscianos argentinos , Raúl Burgos le ha dado el monopolio del italiano a la disidencia comunista de principios de los años 60 que se organizó alrededor de la revista Pasado y Presente, que relegó al olvido a su inicial motorizador, Agosti, en gran parte porque su partido, el PCA, no puso en la literatura educativa de sus cuadros los trabajos de Gramsci pero sí el cúmulo de libros desde El Capital y las Obras Escogidas de Marx y Engels, a los trabajos completos de Vladimir Lenin, particularmente (su poco más de medio centenar de tomos fueron editados en la ilegalidad, una proeza) y todo el núcleo duro de la escolástica soviética: informes de los congresos del PCUS, batallas interminables contra el trotskismo y así de seguido. Gramsci, para quienes orientaban publicaciones y lecturas, fue un ausente hasta los 80 cuando se conocieron trabajos interpretativos de Mauricio Libediski.

La historiadora y docente universitaria Alexia Massholder ha salido al cruce de esa controversia con un elaborado trabajo: El Partido Comunista y sus intelectualesPensamiento y acción de Héctor P. Agosti (Ediciones Luxemburg) donde el centro de atención es desgranar el pensamiento del autor de Defensa del Realismo , apoyándose no solamente en una atenta lectura de su producción literaria, periodística o como disertante, sino en numerosos papeles no conocidos. Son los que estaban sin análisis en los archivos de la Asociación Héctor P. Agosti o en los papeles que guardaba su hermano Carlos, que entregó a la autora, acaso no totalmente por la ausencia del profuso epistolario que el autor de El mito liberal mantuvo son su segunda esposa, Alicia García.

Son varias las hipótesis que despliega Massholder en torno a los intelectuales comunistas y su partido que lo llevó a cobijar en número interesante, pero su esfuerzo fundamental es demostrar el carácter creador del pensamiento de Agosti y la aplicación concreta de categorías gramscianas en sus libros, por caso el Echeverría a propósito de tomar del italiano el concepto de revolución burguesa frustrada, homologándola con el Mayo criollo, como origen de las desventuras nacionales.

Massholder subraya que uno de los nudos polémicos de su trabajo es la introducción del pensamiento de Gramsci en Argentina. La sola iniciativa de traducir sus trabajos tres años después de su aparición en Italia “es uno de los mayores aportes al desarrollo de nuestra cultura política”, en un ejercicio pionero –sostiene– de aplicación de categorías como “hegemonía”, “sociedad civil”, “intelectual colectivo”, subrayando que el fundador del comunismo italiano, reflexionó desde su práctica política concreta “con el explícito objetivo de actuar por el triunfo de la revolución socialista, considerando la centralidad de su partido como pieza fundamental en ello”. Y añade: “no puede despojarse a Gramsci de esas principalísimas cualidades de su pensamiento para transformarlo en una ‘caja de herramientas’ plausible de ser utilizadas sin considerar aquel objetivo revolucionario”. En cambio dice que Aricó (también los de Pasado y Presente) al abandonar el PCA, “indefectiblemente debió realizar un ajuste de cuentas con (algunos) de sus escritos” por ejemplo cuando en Notas sobre Maquiavelo subraya el vínculo de Gramsci con el leninismo. A partir de entonces, Aricó, “fue despojando paulatinamente a Gramsci de un horizonte decididamente revolucionario para convertirlo en un teórico poco más que inofensivo cuyas categorías analíticas pueden aplicarse independientemente de los objetivos políticos de quien las emplee”.

Dicho de otro modo, sólo se es “gramsciano” dentro de un partido leninista que luche por la revolución socialista. Luce como afirmación estrecha, o congelada en la historia del movimiento obrero clasista. ¿Dónde quedarían los que adhieren a Carlos Marx? Lenin lo leyó de un modo, Rosa Luxemburgo no adhirió a esa visión y menos aún, Kauttsky, todos eminentes marxistas. ¿Cómo explicar que el partido de Gramsci, devenido en Partido Democrático al implosionar la URSS, que tiene hoy un presidente y un primer ministro ex PCI y que su vocero sea el L´Unitá “fundado por Antonio Gramsci”? ¿O que un PC en Italia reivindique a Stalin y a Gramsci? ¿Desde cuándo hay una calificadora que se atribuye el poder de maltratar a quienes interpreten de manera diferente, y los ejemplos son abrumadores, a Marx o a Gramsci?

Agosti fue junto a Ernesto Giudici y Rodolfo Puiggrós un gran intelectual del PCA. La autora aclara mucho sobre sus actitudes en distintos momentos de la vida partidaria y rescata, con nuevos documentos a mano, su independencia de criterio aunque siempre supeditada a su pertenencia al PCA. No pocos piensan, escribe, que “Agosti no llegó a ser quien potencialmente podría haber sido por su pertenecía al PC. Y quizás tengan razón”. De todas maneras AM cree que a Agosti debe analizársele “teniendo en cuenta el objetivo de un cambio revolucionario en cuyo camino debió en ciertas ocasiones, resignar opiniones y actitudes en pos del colectivo partidario”.

Sea como fuere, el rescate de la obra de Agosti es loable pero aún falta completar su trayectoria. La autora parece no haber advertido, al reseñar los aspectos básicos de su vida, la ausencia de vínculos con los intelectuales peronistas. Recrea en cambio los que tuvo con creces con pensadores liberales (a varios los fustigo en El mito liberal ) sobre todo cuando se rememora en tiempos de Perón el centenario del Dogma Socialista de Echeverría. Agosti fue un hombre de largas prisiones en la década infame, bajo Perón y con la Libertadora. Fue antiperonista: a fines de los sesenta reeditó Perón y la 2ª Guerra Mundial donde reiteró un equívoco del PCA sobre las motivaciones del golpe de 1943. Massholder no nos cuenta su reacción frente al eurocomunismo y otras novedades sobre el marxismo a las que estuvo siempre atento.

Unió su intelecto a la praxis participando como responsable comunista en el Encuentro Nacional de los Argentinos, pensado como alternativa a las propuestas de Perón o la guerrilla en los 70 y jugó un gran papel en la fundación y actividad bajo la dictadura (donde se opuso a la posición del PCA) de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/hombre-difundia-Gramsci_0_1257474277.html

Círculos de Estudio Jurídico, excelente taller permanente para fortalecer el ejercicio del Derecho

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