Génesis del intelectual / Inés Hayes

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Historia. Un encuentro internacional indagó en el origen de las ideas y del trabajo de pensadores y sus redes en la Latinoamérica de dos siglos.

Cómo llegamos, desde las grandes preguntas de mediados del siglo XX sobre la existencia de una filosofía latinoamericana, pasando por las indagaciones acerca de la identidad de las naciones (o la nación) latinoamericanas, a esta historización radical que busca la producción y circulación de las ideas en los grupos, revistas y redes intelectuales latinoamericanas?”, se preguntó Horacio Tarcus al abrir el II Congreso de Historia Intelectual, organizado por el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (Cedinci) de la Universidad Nacional de San Martín y el Centro de Historia Intelectual de la Universidad de Quilmes, que dirige Adrián Gorelik.

Durante la apertura –en la Sociedad Científica Argentina– Tarcus explicó que, si en décadas pasadas, la historia de las ideas había puesto el foco en los conceptos matrices de una época, así como en sus grandes textos y en sus “intelectuales faro”, y si la biografía tradicional se proponía estudiar la vida pública y privada de las figuras consagradas dentro de la alta cultura, los nuevos desarrollos de la historia intelectual, sin desatender el rol jugado por los grandes intelectuales, tienden a repensarlos dentro de tramas político-culturales más vastas. “El foco se fue abriendo, pues, desde el lugar central ocupado por los grandes creadores intelectuales a lugares menos iluminados o espectaculares, acaso secundarios, emergentes o residuales, ocupados por figuras que desempeñan funciones intelectuales no menos significativas que las del gran productor en el campo intelectual, sea como creadores ‘menores’, divulgadores, publicistas, difusores, docentes, redactores de una revista o asesores de una colección editorial”, explicó Tarcus ante un auditorio lleno.

Este II Congreso de Historia Intelectual de América Latina –apoyado por el Conicet y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica– fue precedido por los encuentros del proyecto de la Historia de los intelectuales en América Latina que dirigió Carlos Altamirano. Y fue en Medellín, durante el I Congreso, cuando se decidió que el segundo se haría en Buenos Aires y tendría como tema principal analizar la biografía colectiva de los intelectuales. Tal como señaló Altamirano en Medellín –retomó Tarcus– la labor intelectual solitaria suele ser la excepción, no la regla: cuando se observa con atención, siempre se detectan microsociedades o grupos intelectuales. En 2016, el encuentro será en el Colegio de México.

Del nacimiento de los primeros periódicos en América Latina, la creación de las academias de historia, las revistas políticas y culturales del siglo XX se ocuparon las 220 ponencias, así como las conferencias y debates del encuentro. “Nuestra América tiene una larga historia de bohemia periodística y grupos literarios, cenáculos reunidos en bares y cafés, peñas celebradas en trastiendas de librerías. Mayor grado de institucionalización podemos identificar en las sociedades científicas, artísticas y literarias latinoamericanas del siglo XIX y comienzos del siglo XX, con sus raíces y sus puentes hacia sus homólogas españolas”, repasó Tarcus en la apertura.

Las primeras mesas estuvieron dedicadas a las revistas culturales latinoamericanas, al anarquismo en el mundo obrero latinoamericano de comienzos del siglo XX y a las redes de los clásicos y de los románticos: la revista La Moda y la generación del 37 y el Club Católico de Montevideo. La bohemia periodística, la revista Sur, la prensa socialista, el humor durante la gran guerra, así como el rol de los intelectuales nacionalistas y conservadores de la Argentina, Uruguay y Paraguay no se dejaron de lado como tampoco el rol de las revistas políticas de los 60.

La discusión entre Sarmiento y Alberdi, por ejemplo, fue tratada en la ponencia de María Soledad Nívoli, de la Universidad Nacional de Rosario: “La polémica resulta, en primer lugar, un ejemplo de práctica política, por ser una discusión llevada adelante en el ámbito público de la prensa. En segundo lugar, representa el fracaso de la constitución de un horizonte político común y la negación por parte de sus protagonistas de constituir a su interlocutor como un adversario, operación necesaria si se pretende llevar adelante con éxito una discusión pública”. Alexander Betancourt Mendieta, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí de México, abordó el rol de las Academias de Historia como productoras de relatos históricos en la primera mitad del siglo XX: “se concentraron en la elaboración del relato oficial del pasado, a nivel nacional y local, ya que a partir de sus objetivos se debían establecer los temas de la investigación histórica. Por eso, las actividades de las Academias tuvieron eco en los territorios nacionales de dos formas; desde un centro hegemónico establecido en la capital que impulsó su interés al resto de los núcleos urbanos, y por la iniciativa privada de hombres de letras locales que buscaron oficializar la dinámica de una asociación letrada y se sirvieron del modelo establecido en la capital nacional”.

Créditos para: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Genesis-intelectual_0_1257474269.html

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