Neonazis y auge de la propaganda fascista

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Amanecer Dorado reparte alimentos excluyendo a inmigrantes
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La proliferación de los movimientos neonazis y fascistas en nuestros días en Europa tienen su base sociológica, no se trata de algo espontáneo. El sociólogo alemán Theodor Adorno ya nos explicó en su obra «La teoría freudiana y el modelo de propaganda fascista» la relación entre fascismo y psique.

  Para Adorno, la política de propaganda nazi respondía a un patrón claro: la reiteración de ideas pobres pero concretas, sin mucho contenido político pero transmitidas a través de arengas con una gran carga sentimental. Un ejemplo de estas ideas fue la qué obsesionó a Hitler hasta sus últimos días, la erradicación de la raza judía. Esta transmisión se llevaba a cabo a través de lo lo cual ellos llamaban rabble rousser (agitadores de las masas). Estos «agitadores» transmitían de forma sistemática esta propaganda de carácter violento que tenía como objetivo poner a la población en contra de los principios fundamentales de la democracia. En este tipo de propaganda es en la que entra en juego como marco de referencia la teoría psicoanalítica del doctor Sigmund Freud, en concreto su obra de 1922 «La psicología de grupo y el análisis del ego». En este libro Freud analiza el concepto Ilustrado de la «masa» y los indicadores de por qué la masa es tal. Según el doctor Freud hay que rechazar la idea de que son los instintos sociales los que anexan a los individuos dentro de una masa, él más bien se decanta por la idea de que los individuos están unidos en masa por una cuestión de naturaleza libidinal, por los beneficios que le reporta al individuo el rendirse ante una masa.

  Curiosamente, una de las cuestiones que preocupaba a los nazis era la de cómo conseguir transformar esa energía sexual pasiva común de las masas en sentimientos que las mantuvieran juntas en pos de sus intereses. La respuesta fue fácil: trasladar la función tradicional del «padre freudiano» a la figura de un líder autoritario como Hitler y depositar la imagen del «amor platónico» en el conjunto significativo de «nación Alemana» para que las masas le rindisen culto a su patria por encima de a sus propias vidas. Para esto, el Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, trabajó a fondo el concepto de laidentificación, que se corresponde dentro de la estructura enagenada del registro imaginario lacaniano, con el denominado estadio del espejo, en el cual el ser humano todavía (metafóricamente) no es capaz de identificar su entorno; es la parte originaria del complejo de Edipo y, antes de su superación, la interacción de la identificación de un «padre primario de la horda»(Hitler en el caso de los nazis) imposibilita el desarrollo total del raciocinio del individuo, que queda sometido a la masa. Goebbels tenía muy claro que la propaganda tenía que suscitar las respuestas que las audiencias tenían previamente interiorizadas gracias a un porfiado y apriorístico trabajo de reiteración de conceptos clave para los nazis, que funcionaban en las masas como un «martillo pilón».

   En cuanto al análisis de la irracionalidad del antisemitismo nazi, debemos mucho a las aportaciones de George Simmel en cuanto a su estudio de la teoría freudiana de la organización de la líbido. Simmel también analizó los tipos de mentira y falseamiento y la forma en que estos eran utilizados en el ámbito social en beneficio de líderes políticos con discursos banales pero efectivos en lo tocante al interés que suscitaban en la población.Tenemos muchas referencias históricas de los primordios de la Alemania nazi y de los porqués de su éxito inicial dentro de las masas, pero no es correcto aislar este contexto en una época pasada. Actualmente el «márketing social» cumple una función propagandística similar a la de entonces y también está muy unido a la praxis psicoanalítica contemporánea.Hace aproximadamente un año tuve el privilegio de poder asistir a una mesa abierta sobre los temas «psicoanálisis y cultura» aplicados a nuestro tiempo, a nuestro contexto sociocultural actual. En el debate participaban (además del público), el escritor gallego Suso de Toro y los psicoanalistas Manuel Fernandez Blanco (Universidad de A Coruña) y Marie-Hélène Brousse. A esta última dirigí mis dudas con respecto a las similitudes en el ascenso de los fascismos en los años treinta y en la actualidad a través del tema que trata Theodor Adorno en su texto: de como los fascismos aprovecharon su interpretación de los textos de Freud para crear una imagen paternalista, ya fuese Duce, Caudillo o en este caso Führer; una imagen que cubriera las demandas del «superyó freudiano» de los individuos que formaban la masa. Estas demandas estaban relacionadas con una imagen idealizada (superyó) que los egos de los individuos creaban pero que su propia personalidad, por el contexto de penuria que los rodeaba, no poseían; allí es donde atacó la propaganda fascista con todo el potencial del psicoanálisis, buscó que los individuos miembros de la masa visen en la figura del führer al «superhombre» con las cualidades de las que ellos (subconscientemente) carecían, buscaban en él la seguridad y el «padre» que no encontraban en su vida privada.

 

La señora Brousse afirmó que aunque nos separen varias décadas, una guerra mundial y muchos avances, el ser humano sigue siendo el mismo animal y por lo tanto su «ello freudiano» (encargado de las respuestas instintivas del ser) no ha cambiado. Las masas siguen siendo susceptibles de este tipo de propagandas en épocas en que las crisis sistémicas se trasladan a las mismas casas de laspersonas, más allá de los avances educativos, tecnológicos y morales.Pero no sólo existe el peligro de los fascismos y de los movimientos de ultraderecha. En este contexto, el sector democrático utiliza las crisis para poner en práctica argumentaciones demagógicas que traten de amedrentar a las masas y llevar a la praxis un discurso en el que ofrecen la población seguridad a cambio de la renuncia a cierto libertades individuales (como es el caso de la Patriot Act de los EEUU, creada después del 11-S). Existen otros casos muy famosos de “fascismo cool” en la historia reciente de los Estados Unidos, el diplomático (ya que ese era el cargo que ocupaba) Henry Kissingerconsiguió aumentar la popularidad de presidentes tan trasnochados como Richard Nixon tras el desastre de Vietnam gracias a su dominio de la «dialéctica de masas» (tanto convenció que consiguió el Nobel da Paz de 1973). Años más tarde el mismo presidente era «soterrado» por la opinión pública al salir a la luz el escándalo del «Watergate» gracias a la figura de grandes periodistas, entre ellos Bob Woodward y Carl Bernstein.

 

 La crisis actual por el contrario no tiene (tanto) que ver con la guerra, es decir: la guerra, el comunismo o el terrorismo no son la excusa para la creación de propaganda basada en la comprensión (y posterior manipulación) de la psique humana. La crisis que se plantea es económica y, a pesar de que muchos la esperaban e incluso sacaron beneficios de la misma, los gobernantes la recibieron como una «patata caliente». La decadencia del discurso político no es otra cosa que la incapacidad de adaptación a la situación de los oradores y el progreso intelectual de las masas, que tardó mucho en comprender que los líderes políticos no son deidades (ya ha pasado más de un siglo desde que «Nietctzhe mató a Dios»). Los políticos son seres humanos con las mismas virtudes y defectos que el resto y la masa ya  no admite toda la demagogia que se vierte en sus discursos (exceptuando los que confían en los partidos redentores que prometen un maná utópico (véase el apoyo de la población en las hurnas españolas al Partido Popular). De todas formas, el peligro estriba en las situaciones de mayor desarraigo social. El auge del fascismo en la Grecia de la Troika no guarda tantas diferencias con lo que sucedió en Alemania en los años treinta. El partido neonazi «Amanecer Dorado», sin un discurso político fiable, aprovecha esta situación de profunda inestabilidad social en el caso de masa y psicológica en el caso de los individuos más afectados, para llevar a cabo propuestas populistas pero profundamente antidemocráticas y xenófobas, como ofrecer alimentos básicos para todas las familias que demuestren ser «100% griegas»; no se me ocurre un argumento más banal, pero la gente que no puede dar de comer a sus hijos no tiene más remedio que acudir a estos «caramelos envenenados» que los fascistas ofrecen. Pero todos conocemos el resultado de coger ese «caramelo», el miedo es el siguiente paso para someter a la población, la instauración del terror a una izquierda a la que aún no se le ha otorgado una verdadera oportunidad en las democracias. No hablo de «keynesianadas» como la socialdemocracia (ring de boxeo económico para austríacos y socialistas) hablo de socialismo real, del socialismo de Salvador Allende, pero por desgracia en este mundo todavía quedan demasiados Pinochets.

 

Créditos para: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/69801-neonazis-y-auge-de-la-propaganda-fascista.html 

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